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Soy gay. ¿Asuntos de fe? |
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Muchas veces he pensado que la etapa de “aceptación” de la condición de gay, que para algunos fue bastante complicada, mucho tiene que ver con la intensa relación cultural que tenemos con la religión. En efecto, es algo muy sencillo de deducir de un país como el nuestro, donde casi un 98 % de la población profesa ser cristiano. De hecho, considero que las prácticas religiosas son completamente respetables. No obstante ello, creo que el problema radica en que las instituciones religiosas como la Iglesia Católica, entre otras, se inmiscuyen en asuntos que legalmente no les corresponde. Por otro lado, también es notoria nuestra poca capacidad de cuestionar nuestras propias creencias. Hace mucho tiempo atrás me pregunté a mismo si era posible ser un cristiano o católico cristiano y al mismo tiempo ser gay. Dije que no. Y poco después me volví agnóstico. Quizá para muchos suene a una especie de hombre de poca fe o algo similar, cosa que me tiene sin real cuidado, pero en verdad creo que es imposible ser gay, profesar creencias cristianas y ser coherente con ellas. Y no lo digo en ánimo derrotista, sino que simplemente considero que ser gay o heterosexual implica una serie de actitudes francamente irreconciliables con las posturas y creencias rígidas de estas manifestaciones religiosas. Por ejemplo, se presume que un católico no debe tener relaciones sexuales antes del matrimonio y peor aún tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. Por ende, si alguien lo hiciese sabiendo que no debe hacerlo, estaría infringiendo una norma con la cual debería estar de acuerdo, puesto que, si se es católico, el convencimiento va de la mano con el acatar normas de la Iglesia, único representante del ser superior en la tierra, por tal motivo, la desobediencia no sólo le acarreará culpa, sino una total incoherencia con sus creencias. Considero que el hecho de manifestar culpa por nuestros actos sexuales es continuar con el largo juego de más de 2000 años de control y dominación mental al que hemos sido sometidos y del cual es difícil salir, si no intentamos dudar de lo que se supone es un hecho absoluto. En definitiva, no es fácil. Y en nuestro caso, 300 años de dominio cultural basado en un sólo sistema religioso, no es poca cosa y obviamente produce consecuencias. Veo con cierta desazón, que pese a todos los logros y avances en la materia, aún muchos chicos, simplemente tienen una vida llena de temores y enormes sentimientos de culpa, producto de su educación religiosa. Asimismo, muchas personas pese a disfrutar de una vida sexual y afectiva de manera intensa con otras personas de su mismo sexo, siguen convencidas que su estilo de vida es inadecuado. Definitivamente hay mucho por hacer. Una de las prioridades es que nuestro Estado sea completamente laico. No me refiero con ello, a destruir las iglesias coloniales o prohibir se realice la procesión del Señor de los Milagros. No. Me refiero a que la formación de los futuros ciudadanos no debería someterse a un determinado sistema religioso. Fomentar la laicidad significaría que todos los estamentos del Estado actuarían no basados en las creencias particulares de los servidores públicos, sino en base a políticas públicas libre de ataduras o coacciones religiosas, independientes y democráticas. Un Estado laico, sería un Estado donde todos seríamos iguales y tendríamos los mismos derechos y deberes, no importando para nada si profesamos alguna fe, o no, o si tenemos alguna orientación sexual determinada. Un real Estado laico seria menos suicidios y asesinatos de gays, lesbianas y travestis, habría menos discriminación y maltratos, en conclusión, menos traumas sociales.
Carlos Omar Araya.
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