Por Frank Padrón
Una vez más, el Oscar es fiel a sí mismo. Parecía que sí, que se abría a
los nuevos tiempos, que las reivindicaciones a los sujetos alternativos desde
los 90 entronizadas con fuerza en el cine no les eran ajenas, que finalmente el
compromiso era con el vuelo estético, con las indagaciones en lo humano y por
tanto a nadie ajeno más allá de las tendencias eróticas y los grupos sexuales
y que la calidad iba a ser, finalmente, el rasero único que mediría los films
en competencia y por tanto las premiaciones.
Ay, ingenuos los que así pensamos en algún momento: una vez más el Oscar se
esconde detrás de su inderrotable montaña de prejuicios, de su ancestral miedo
a todo lo que huela a innovación, a vanguardia y oxígeno en las ideas, y
concretamente a su tradicional homofobia. La actitud de ese dueño de una cadena
de cines, presidente de alguna liga de Preservación familiar o algo así, que
hace poco prohibió en sus férreos dominios la exhibición comercial de
"Brokeback Mountain / Secreto en la montaña", indudablemente contagió,
al fin y al cabo, a los señores académicos, muchos de ellos tan metiditos en
el clóset como cualquiera de los vaqueros que no se atrevió salir como sí lo
hicieron Ennis del Mar y Jack, los amantes de la historia de marras.
Lo cierto es que se le escamoteó el Oscar a la mejor película, de la manera más
impúdica e irracional, a la cinta que a todas luces lo merecía. Esto dista
mucho de ser un criterio personal. Todos los años hay inconformidades y
reservas con los fallos, pero lo de esta vez rebasa los planos de la
subjetividad para instalarse en los linderos de la lógica. Digamos, ¿cómo es
posible que una cinta que gane los lauros de mejor dirección y mejor guión
adaptado (como afortunadamente obtuvo la cinta de Ang Lee) no sea por simple
ecuación la mejor película?, ¿qué otros elementos se miden entonces para
extender tal voto, cuáles pueden pesar más que esos, los fundamentales dentro
de una puesta en pantalla?
Por otra parte, ninguna otra cinta este año protagonizó tal fenómeno de
recepción como la aludida, ninguna logró ese dinamismo en el intercambio de
ideas, ninguna se elevó tanto sobre el nivel de la simple aprehensión de sus códigos
como ésta, ninguna apeló tanto a la sensibilidad de diversos tipos de
espectadores, y ninguna, sobre todo, molestó tanto a los intolerantes de
siempre, ninguna prohibió como ésta y de modo absoluto, la indiferencia, y
ninguna cantó tanto al amor como esta a la que, descaradamente, se le arrebató
el indiscutible Oscar a la mejor película del año.
"Brokeback Mountain" se convirtió en pocos meses, a partir de su
estreno, en un suceso más que fílmico o artístico, sociológico: por su
quiebra de tabúes, por su nuevo enfoque del amor homosexual (al proponerlo
incluso entre presuntos heterosexuales, por su batida iconoclasta contra un
bastión de la apariencia, la doble moral y la declaración tácita de la
masculinidad cerrada, mal entendida y falsamente única como el western
norteamericano), por la belleza con que recrea el contexto de esa relación, por
su visión de los otros sobre los, de pronto, diferentes aún cuando no
declararan ni proclamaran su diferencia, por su cuidadosa combinación de
recursos técnico-expresivos en función de un discurso libre, sin ataduras a
guetos ni a tendencias de tipo alguno: su única toma de partido fue por los
sentimientos, por el amor puro y grande, valga la redundancia, entre cualquiera
que lo sienta.
Pedirle a tanta gente que lamentablemente se erige como juez del más famoso y
controvertido de los premios fílmicos que compartiera esto, sería pedirle
peras al olmo; prefirieron extender su inapelable cetro a favor de una película
sobre prejuicios raciales (en definitiva, menos escandalosos, más tolerables)
como "Crash / Vidas cruzadas", cinta desigual, predecible y lacrimosa
que ya había cargado con el único premio que en justicia merecía: el de edición.
Sin embargo, no importa. Afortunadamente, el Oscar es sólo un premio, cierto
que, como decía, el más célebre en el mundo del cine, pero premio al fin
implica el imperfecto, comprometido y muchas veces deshonesto juicio humano.
Como el tiempo es quien decide el valor de las obras artísticas todas,
"Brokeback Mountain" quedará, desde ya, como una indudable contribución
al entendimiento del corazón humano (ese que tiene razones que la razón no
entiende), como un voto sólido e importante y una batalla ganada en la lucha
contra las discriminaciones, los preconceptos y las intolerancias, como un canto
al amor homosexual que desde los griegos antiguos, no se entonaba con tanta
dulzura, tanta pasión y tanta poesía, y por tanto, simplemente, como una de
las antífonas al amor, cierto que devenida al final endecha, más allá del
hombre o la mujer que lo sienta.
El aplauso casi unánime de los más diversos públicos y críticas del mundo
entero es sin dudas, el mejor premio, y cuando el Oscar de este año sea sólo
un número más en las estadísticas que habrá que buscar en Internet porque
nadie lo recuerde, la película de los vaqueros que se amaron en medio de las
ovejas de todo tipo, indiferentes o incapaces de entender, quedará incólume,
como un monumento a esa fuerza de la naturaleza, incontrolable, que nadie puede
coartar ni apagar, ni siquiera, por supuesto que no, la miopía o el miedo de
los señores académicos de Hollywood.
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