por Giancarlo Cornejo Salinas

Escandalizando a la burguesía miraflorina: Sobre  las discos gays de Miraflores

En la penúltima semana de Abril han sido clausuradas las discotecas “Down Town – Vale Todo”, “Legendaris”, y el bar “Vaca Voladora”. Todos estos lugares tienen en común el ser mayoritariamente espacios de socialización para jóvenes gays, y no tan jóvenes, a los que además asisten mujeres lesbianas y en el caso de por lo menos alguna de ellas personas trans.

Probablemente cuando el Vale Todo es clausurado la “comunidad” de activistas TLGB no dice mucho porque como es cierto esta discoteca usa  recurrentemente prácticas discriminatorias para permitir al ingreso a dicho local, pero en este caso el “operativo” de la municipalidad parece sistemático y sintomático. No fue uno solo el local cerrado, sino tres, y las excusas sobre el ruido que supuestamente legitiman estas medidas no parecen ser justas, ya que bajo esa regla Miraflores se quedaría sin locales nocturnos (sobre todo de esparcimiento para jóvenes heterosexuales).

Una de las cosas más interesantes del hecho es que el alcalde Manuel Masías justifica su decisión en el pedido de los vecinos de terminar con los escándalos y la inmoralidad. Esta justificación tiene que ser problematizada. Las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans vamos a ser la corporización de lo abyecto, vamos a ser construidos como el Otro. Así nosostrxs seremos el escándalo y la inmoralidad hecha carne (”el pecado hecho carne”). Este mecanismo de saber y poder le permite al sujeto Uno (o al Yo) pensarse como la corporización de lo opuesto, es decir de la moralidad y la normalidad.

Pero el problema y la grave incongruencia de estos cierres de discos de ambiente radica en la función social y cultural de estos espacios.  Los espacios de ambiente permiten a las personas no heterosexuales socializar, explorar sus erotismos, explorar su afectividad y sexualidad fuera de los marcos de la heterosexualidad obligatoria, y sin ser juzgados tan abiertamente por una sociedad para la que nuestros amores y pasiones son asquerosos. Pero los espacios de ambiente funcionan también como un gueto, en el que los “monstruos” y “anormales” somos metidos (cual closet oscuro en  nuestras casas, donde nuestras pertenencias menos gratas son ocultadas). Así las discotecas de ambiente le permiten a la sociedad en su conjunto no vernos, negarnos, ocultarnos, no exponerse a nuestras vidas, a  nuestros cuerpos. Pero al parecer esto no les basta, ellos quieren que no tengamos ni siquiera el derecho a divertirnos, a enamorarnos, a gozar de y con otros cuerpos, a  establecer vínculos de parentesco no heterosexuales, a rehacer la noción de “vida”.

Las acciones del serenazgo municipal y de la policía, como de los vecinos de la zona y el alcalde son performativas. Su intención  es  imponer  su voz a través de la grandiosidad numérica y mediática de sus acciones (como por ejemplo que 100 serenos y policías bloqueen la puerta de ingreso de una discoteca, o que 50 vecinos se manifiesten en la puerta de un local con pancartas intolerantes y homofóbicas). En pocas palabras su intención es recordarnos por si se nos había olvidado que ellos son los amos, que solo ellos tienen derecho a tener espacios públicos, que nosotrxs nos debemos conformar con sus migajas, y cuando migajas no nos regalen aceptar el hambre.

Frente a todo esto hay dos posibles consecuencias. La primera es que los queers y anormales empecemos a perder espacios, empecemos a dejar de reunirnos (porque probablemente esta política se repetirá en diversos distritos limeños), y vivamos con mayor represión y miedo nuestro “tránsito” por las esferas públicas. Pero la segunda, y la que de todo corazón espero sea la opción de muchas personas, es que los monstruos y anormales salgamos a  la calle, y ocupemos “sus” espacios (los del sujeto hegemónico), que nos besemos en público, que lo hagamos frente a sus casas, frente a sus colegios, al costado de “sus” niños, en los mercados y tiendas, en los almuerzos de familia, en los cines, en los parques, en las playas, en sus iglesias. Y así escandalicemos la mirada de una sociedad incapaz de respetar, incapaz de reconocer las diferencias sin negarlas.

El amo nos mira y usa para que lo hagamos sentir más grande y poderoso, nos mira para gozar de nuestro miedo y admiración hacia él, nos mira para sentir el asco por nosotros mismos. Pero, espero que estemos cerca al día en que podamos devolverle la mirada al amo, una mirada en la que él se vea reflejado como el otro de sí mismo.

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