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por Giancarlo Cornejo Salinas |
“Movimiento(s)
TLGB y políticas del escándalo” |
Heteronormatividad:
podría ser entendida como una institución (valores, normas y creencias) que
crea las categorías heterosexual y homosexual e impone la primera como única
sexualidad válida, legítima, aceptable. La heteronormatividad no es una
norma inmóvil sino que tiene que ser actualizada constantemente, para
invisibilizar sus contradicciones y vacíos.
La
heterosexualidad como norma sexual pública: Para Adrienne Rich la
heterosexualidad no es una opción sexual ni es privada, sino es una institución
hecha desde, por y para el poder masculino. La heterosexualidad no puede ser
tratada como una preferencia o una orientación sexual, ya que no existen
opciones reales para elegir. Monique
Wittig sostiene que la heterosexualidad no es una práctica sexual sino un régimen
político. Nadie que sea heterosexual piensa la heterosexualidad
como algo central en su vida,
sino lo viven como algo connatural a su género o incluso a su sexo.
La
homosexualidad como categoría identitaria: la homosexualidad es
pensada como una categoría de identidad (algo que se es), y es vivida por
muchas personas en esos términos por el
estigma que rodea asumir dicha identidad, ya sea para visibilizarla o
esconderla.
La
heterosexualidad es una categoría estrechamente asociada a lo masculino.
Para Peña la heterosexualidad arrebata el poder a las mujeres convirtiendo su sexualidad en esclavitud. La
sexualidad femenina solo existe a partir de un discurso masculino. El
conocimiento de la sexualidad, por y para lo femenino, resulta invisible y no
puede existir. La sexualidad femenina, no existe dentro del discurso
masculino, no existe en el sistema patriarcal. Y por ello lo lésbico es
invisible.
La
homosexualidad como categoría asociada a lo femenino. La homosexualidad para ser devaluada (en un contexto
sexista y hasta misógino) es feminizada como categoría.
En ese sentido, es que la asociación que en el
imaginario colectivo de muchas personas las travestis son los
homosexuales, y lo son porque hacen visibles roles y maneras asociadas a
lo femenino.
La heterosexualidad
no se opone, sino que implica homoerotismo y homosocialidad.
Al existir una
categoría otra (la homosexual) los contenidos eróticos en las relaciones
entre hombres no son cuestionados, son naturalizados e invisibilizados.
Andrade
define la homosocialidad como la emergencia de contenidos eróticos en las
relaciones entre hombres. Para Sedgwick la homosocialidad (que se define para
distinguirse de la homosexualidad) expresa tensiones entre el deseo de
establecer relaciones entre hombres y la mantención del orden heterosexual
dominante. La afirmación más provocadora e importante de Sedgwick es que la
homosocialidad implica el deseo latente por consumar relaciones sexuales entre
hombres, y por tanto que la heterosexualidad y el homoerotismo no constituyen
una oposición binaria sino que coexisten. Este homoerotismo se hace más
visible en ciertos espacios como canchas de fútbol, gimnasios, o ritos como
las peleas y borracheras, y suele tomar formas que no son codificadas como eróticas
sino lúdicas (”metidas de mano”, representar parejas gays, etc).
Al
usar la categoría homosexual como referente abyecto (y opuesto) de la norma
heterosexual lo que se busca es que nuestras miradas obvien los contenidos eróticos
de las relaciones entre hombres (heterosexuales) que son construidos como
“normales”. De esta manera, la heteronormatividad erige a los hombres
heterosexuales como espectadores, pero no les permite involucrase e
implicarse. Así la heteronormatividad es dependiente, también, de la
homosexualidad para definir sus límites. De esta manera se puede ir
postulando que lo que tenemos que hacer es implicarlos, contaminarlos.
La
homosexualidad asociada a razas “subalternas”. Andrade introduce la noción de “masculinidades racializadas” y
con ello hace alusión al que los ideales hegemónicos de la masculinidad
tienen en mente al hombre “blanco” como agente del poder imperial.
Entonces la heteromormatividad implica discursos en torno a la raza para disciplinar las relaciones políticas/sexuales
que naturaliza. En ese sentido, es que se puede hablar de sexualidades
racializadas y evidenciar los lugares desde los que se nomina la racialización
(proceso de construcción de connotaciones diferenciales basadas en las
nociones de “raza” y que son atribuidas como cualidades de sujetos dados)
de las sexualidades disidentes de la norma heterosexual obligatoria.
Mi
propuesta teórica y política es que el escándalo es el que puede vincular
estas dos categorías que son presentadas como opuestas. Y así cuestionar la
heteronormatividad que las crea y reproduce.
Escándalo: El escándalo es toda situación que evidencia (o visibiliza) una diferencia de las realidades hegemónicas o de las socialmente deseadas. En ese sentido para las masculinidades hegemónicas el escándalo es toda situación que visibiliza la disidencia de las mismas.
Kulick
y Klein le otorgan una importancia central al escándalo en la actuación política
de las travestis brasileñas. Ellos explicitan el poder del escándalo con un
ejemplo de la vida cotidiana de muchas travestis prostitutas: En un pequeño
cuarto de hotel, un hombre y una transgénero prostituta acaban de tener sexo.
El precio de este encuentro había sido acordado antes de entrar al cuarto,
pero la travesti insiste en que los 30 reales (del acuerdo inicial) son
insuficientes, y son insuficientes (según ella) porque tuvo que penetrar al
cliente. El hombre no aceptó este argumento y
se negó a pagarle.
Entonces ella lo amenaza con hacerle un escándalo; y empieza a gritar
“Tú, cerdo asqueroso, deberías sentir vergüenza, ¡tú maldito maricón!
Actúas como un hombre pero vienes aquí para que te tire como a
una perra. Me chupas la verga y quieres que te coja ¡maricona sin vergüenza!
¡Tú, eres más mujer que yo! ¡Tú, eres más puta que yo!”[1].
El hombre accedió al chantaje como la mayoría en esa situación.
Esta
escena refleja el poder del escándalo; y su poder radica en la capacidad de
generar vergüenza. Esta escena es una acción individual de una travesti. El
gran reto es convertirla en una acción política colectiva. Según Kulick y
Klein el escándalo no hace nada para contrarrestar las bases socioculturales
que constituyen a las travestis como sujetos abyectos (en las sociedades
brasileñas contemporáneas), sino todo lo contrario. El escándalo no reta a
la abyección, mas bien la refuerza. Y las travestis usan el escándalo como
una forma de extender el campo de su propia abyección. En otras palabras se
trata de nominar y de implicar desde la abyección. Se trata de hacer
asquerosos y despreciables a los otros también.
Nuestras
demandas por reconocimiento de igualdad son escandalosas (especialmente en el
caso de las travestis), ya que no se trata solamente de que las travestis son
iguales a los demás, sino que los demás son iguales a las travestis. Se
trata de visibilizar las semejanzas con el sujeto abyecto, se trata de
reconocer la propia abyección. Para Sedgwick esto es la “conciencia de la
vergüenza”. Sedgwick argumenta que la culpa es un sentimiento que se
focaliza en el sufrimiento del otro, pero la vergüenza es el sufrimiento de
un@ mism@ en manos de otro.
Gays y lesbianas = heterosexuales ==
normales
Heterosexuales
= maricas, tracas, machonas,
locas ==
anormales, asqueros@s
Contaminar
es implicar, arrastrar. Las travestis pueden implicar y arrastrar a la categoría
de abyección muchos elementos de las masculinidades hegemónicas y así
desmitificarlas, cuestionarlas y deconstruirlas.
Para Kulick y Klein esta incapacidad de “definición” de las travestis que se expresa en la dificultad de referirse a ellas como “los” o “las” o en las afirmaciones de algunos posmodernos que sostienen que las travestis rechazan la identidad, hace que la categoría “travesti” nunca llega a tener un significado específico. Esta ambigüedad (que puede extenderse en general a las personas disidentes de la heterosexualidad obligatoria) en la definición del referente “travesti” puede ser usada por ellas. Si no se sabe quiénes son exactamente travestis se deja una ventana abierta para la capacidad de implicar a otros.
Según Fraser la homofobia no busca subalternizar a las travestis y a las personas con sexualidades disidentes de la heterosexualidad como por ejemplo el sexismo sí a las mujeres. Y sus políticas de aniquilación no pasan solamente por asesinatos, sino que la invisibilidad, la represión, y la conversión a la heterosexualidad son formas de exterminio de lo no heterosexual y talvez más efectivas. En ese sentido si las travestis son capaces de contaminar e implicar ¿a quiénes se exterminaría?, ¿qué se exterminaría si lo que “no tuvo mancha ahora la tiene”? Parte de nuestra lucha es manchar y contaminar a los otros.
Beatriz
Preciado en su manifiesto político “Multitudes queer: Notas para una política
de los anormales” aporta la noción de “multitudes” a la teoría queer
frente a la noción de “diferencia sexual”. Las teorías queer buscarían
una desontologización de las políticas y de las identidades.
Preciado postula la sexopolítica como una de las formas dominantes de la acción biopolítica del capitalismo contemporáneo por la que se crean cuerpos heteros “normales” y otros cuerpos “desviados”. Las travestis visibilizan el que el propio cuerpo y su construcción están sometidos a relaciones asimétricas de producción corporales.
Los
cuerpos de la multitud queer expresan una “desterritorialización” de la
heterosexualidad (una resistencia a llegar a ser “normal”). Preciado
rescata el que las políticas queer no se oponen a las estrategias
identitarias y propone estrategias políticas: desidentificación (“las
lesbianas no son mujeres”, “las maricas no son hombres”, “los trans no
son hombres ni mujeres”), identificaciones estratégicas (hiperactuar la
identidad desde las categorías de abyección como resistencia
a la normalización y a la universalización).
A
diferencia de las políticas “feministas” o “gays” la política de la
multitud queer no se basa en una identidad natural (hombre/mujer) ni en una
definición basada en las prácticas (heterosexuales/homosexuales), sino en
una multiplicidad de cuerpos que se alzan contra los regímenes que les
construyen como “normales” o “anormales”.
Las
multitudes queer son postfeministas porque cuestionan la creación de un
sujeto femenino unitario, universal, esencializado, blanco y heterosexual. Por
otra parte, se diferencian de los movimientos de liberación de gays y
lesbianas. Estos movimientos gay-lésbicos buscan reforzar las categorías de
identidades sexuales para aspirar a la normalización de gays y lesbianas, y a
su integración en el patrón heterosexual dominante (derecho al matrimonio,
adopción de niñ@s, etc).
El
movimiento TLGB tiene que aspirar a políticas afirmativas, que reivindiquen
las identidades gays, lésbicas, trans y bisexuales. El matrimonio para gays o
lesbianas no debe ser algo de que espantarnos, o que vanalizar. El matrimonio
tuvo un correlato de asociación muy fuerte a una burguesía emergente (en
ciertos contextos), que sirvió para garantizar y legitimar la propiedad
privada, pero ese no es un simbolismo universal ni estático. El matrimonio
también implica reconocimiento social. Y ese reconocimiento no nos puede ser
negado. El gran problema es pensar que el matrimonio gay o lésbico
es la gran meta (o propósito último del activismo TLGB). Y es un gran
problema porque la norma de matrimonio por si sola no cuestiona los cimientos
de la exclusión que nos afectan a la mayoría de personas tlgb o queer. Y el
matrimonio puede terminar constituyéndose en una institución que genere
nuevos tipos de estratificación y exclusión, sino viene acompañada de un
cuestionamiento frontal del sistema.
Son
las políticas transformativas las que debieren ser nuestra gran meta. Creo
que debiéremos ser ambiciosxs y aspirar a destruir la imposición de la
heterosexualidad como norma sexual pública obligatoria, y esto implica
cuestionar frontalmente el racismo y el sexismo, y en consecuencia deconstruir
los sistemas que crean las razas y los dos géneros. De esta manera renunciar
a las dicotomías jerarquizantes, y pensar en términos de redes de
multiplicidades cambiantes que se intersectan.
La
democracia liberal no nos va a
alcanzar para cumplir este propósito. La democracia liberal promueve las
libertades humanas, para que exista el mercado y en función de éste. En términos
marxistas podríamos decir que el mercado necesita de mano de obra libre para
ser contratada y de la que se extrae la plusvalía. El liberalismo luego
promueve libertades diversas y funcionales, pero no cuestionan las
desigualdades económicas (y estructurales) o no frontalmente. La democracia
del liberalismo propone la figura de igualdad jurídica de desiguales en todos
lo demás ámbitos de poder. Habría que preguntarnos ¿cuánta desigualdad
aguanta esa democracia?
Las
diferencias son buenas, los seres humanos somos diferentes en tanto individuos
particulares y únicos; pero la
desigualdad es el acceso diferenciado a capital
económico, cultural, político y simbólico por poseer ciertas características
(o diferencias). Por tanto no hay que confundir diferencias con desigualdad,
ni pensar que las diferencias justifiquen o deban legitimar las desigualdades.
Es por ello, que me inclino a una propuesta socialista de transformación
radical de estos sistemas y estructuras.
Apostar así por una democracia socialista radical, crítica e
inclusiva parece ser un proyecto de larga duración, pero del que podremos
obtener los resultados más significativos para nuestras luchas.
Nuestras
luchas no solo debieren cuestionar las formas más explícitas en las que se
expresa la exclusión, sino que debiéramos aspirar
a cuestionar también las estructuras que producen y reproducen la exclusión.
Y esto incluye que además de ser un movimiento crítico seamos un movimiento
capaz de crear alternativas.
Creo
que es necesario ejemplificar las políticas del escándalo. Las marchas del
Orgullo TLGB son políticas del escándalo, y son escandalosas porque nos
hacemos visibles en espacios en los que cotidianamente no lo somos. Causamos
asco, indignación, respaldo, deseo, insultos, miradas penetrantes, burlas,
pero nunca indiferencia. Y es la indiferencia la que más nos debe preocupar.
El
Festival de la diversidad sexual también es un ejemplo claro de este tipo de
políticas. Y sus más exitosos años fueron el primero en Plaza Francia, y el
último en Villa el Salvador. Esto porque nos permitieron implicar a más
gente, y sobre todo en el último
caso porque nos relacionamos con un conjunto de colectivos y de agrupaciones
de Villa el Salvador que nos enriquecieron, y a los que enriquecimos. Las
luchas de los colectivos travestis son esencialmente escandalosas por todo lo
que anteriormente argumenté.
Cuando
nuestras luchas se vinculan a otras luchas, cuando a nuestras voces se suman
otras voces, cuando nuestros cuerpos antisistémicos se suman
a otros cuerpos antisistémicos, cuando las agendas del movimiento TLGB
se vinculan a las agendas de otros grupos que buscan reconocimiento,
redistribución y justicia es que estamos haciendo políticas transformativas,
aspirando a cambiar radicalmente las estructuras de nuestra sociedad.
A
la radicalidad no le debemos tener miedo. Nuestras luchas son y tienen que ser
radicales, porque los problemas a los que nos enfrentamos son igualmente
radicales. La radicalidad debe ser nuestra aliada, debemos hacer política
desde la radicalidad. Un proyecto político importante es el de radicalizar
el escándalo, para radicalizar nuestras luchas (porque son luchas), y así
cuestionar frontalmente al sistema hegemónico. De esta manera, las políticas
del escándalo nos van a permitir hacer más loca y radical la política, y más
políticas y radicales a las locas.
[1] Traducción (algo libre) de una cita de Kulick, Don y Klein, Charles “Scandalous acts: The politics of shame among brazilian travesti prostitutes”