por Giancarlo Cornejo Salinas

 

Ensayo sobre la vida cotidiana:

Violencia contra travestis

 

 

 Son las 2 AM y un grupo de travestis están paradas en una esquina de la Av. Arequipa. Una patrulla del serenazgo se acerca, como de costumbre, y con un megáfono un sereno empieza a  gritarles “caballeros desalojen, señores circulen”. Al ver que las travestis actúan con mucha indiferencia y no se inmutan, tres miembros del serenazgo bajan de la patrulla y las amenazan verbalmente para que desalojen el espacio. Algunas pocas se retiran intimidadas, pero las otras se quedan. Dos de ellos cogen a una travesti desprevenida la tiran al piso y empiezan a  patearla (mientras que un tercero celebra la golpiza), esto provoca que la mayoría de ellas corran espantadas, solo se queda otra travesti para ayudarla. Esta ultima saca una botella de su bolso y la rompe en el piso y amenaza a los serenos con cortarles la cara sino se van. Frente a esto los serenos se van muy asustados (no sin antes haber dejado en muy mal estado a la atacada). Esta es una escena muy recurrente en la vida de muchas travestis. 

El que  unas travestis estén en una esquina, en la calle, en el espacio público puede ser muy transgresor. Y es que en sus amaneramientos, sus formas de hablar, en su forma de vestirse, y sobre todo en el hecho de mostrar sus cuerpos (cuerpos travestis) se visibiliza una realidad que diside de la heteronormatividad (y que es negada por la misma). Son hombres biológicos que huyen de la masculinidad (a la que han sido y son adscritos en otros contextos); este en un contexto sociocultural en el que ser “hombre” es un signo de prestigio social y el que algunas personas renuncien a ella puede resultarle un sinsentido al sistema y a muchos actores[1] sociales.

 Para Goffman las personas en sus interacciones cotidianas tienen una línea de comportamiento, la que tiene como sentido el mostrar una imagen positiva (visión general de atributos socialmente aprobados) de uno/a mismo/a. Esto tiene connotaciones emocionales. En ese sentido el sentirse mal está vinculado con la desaprobación del grupo.

Muchas travestís son discriminadas por su familia y vecinas/os, excluídas de muchos círculos sociales. Y es en la prostitución en uno de los pocos espacios donde pueden vivir sus femineidades sin ser juzgadas por quienes conocen. Es en el trabajo sexual en el que las otras travestis esperan que una travesti manifieste su femineidad, es en este espacio en el que los clientes esperen de ellas una apariencia muy “femenina”. El sentirse mal en este contexto estaría relacionado al expresar características o rasgos asociados a lo masculino (o a nociones de  las formas hegemónicas de vivir las masculinidades)[2], a diferencia de la mayoría de espacios sociales en los que este sentirse mal(o vergüenza) estaría vinculado a la feminización de lo “masculino”, que se convierte en lo abyecto para las identidades masculinas hegemónicas[3]. (Fuller, 2001)

 Goffman afirma que el “extraño” es un personaje que hace su propia representación de negación de los valores hegemónicos. Las travestis pueden ser vistas como extrañas ya que transgreden los valores y creencias de la heteronormatividad[4].

 Otra noción importante de Goffman es la de vergüenza. El entiende por vergüenza la sensación que produce el que la cara que una persona (o actor social) intenta proyectar se quiebre (o no se plasme). En ese sentido los actores tratan de evitar las situaciones amenazantes a su fachada (sobre todo en situaciones públicas). Como ya dije antes la feminización de lo masculino puede ser vista como lo abyecto, como ese borde estricto que señala hasta donde se es un hombre y hasta donde no, o qué hace a una persona un hombre y qué no. El Espacio público, la calle, es un espacio en el que las travestis no son una presencia común y aceptable, y los “guardianes” de la “seguridad pública” son los encargados de hacerlo más evidente. Son ellos quienes les exigen que dejen el espacio público, que se escondan, que “transiten” o “circulen”. En otras palabras son los encargados “oficiales” de negarles a las travestis el acceso a la vía pública. Ellas visibilizan una realidad negada, que “ofende”, que produce asco, miedo.

 Para Goffman toda persona puede interpretar el rol de normal o estigmatizado; además sustenta que el normal y el estigmatizado más que personas concretas son perspectivas[5]. Aunque en esta interacción podemos clasificar fácilmente quien interpreta al “normal” y quien al “desviado o estigmatizado”, hay que mirar con detenimiento la forma de agresión. No fue uno solo el agresor, fueron tres y esto no es tan casual. La masculinidad es un “valor” (es pensado en esos términos) que debe ser adjudicado y comprobado por otros (los pares), y una forma de ratificar la masculinidad de una persona es la de despreciar, ofender y violentar el cuerpo del “raro”, del “anormal”, del “homosexual”[6] porque al exotizar al otro, a la otra como en este caso, se asume el rol del “normal”. Se trasladan las dudas y ambivalencias sobre la masculinidad heterosexual hegemónica del uno al otro. 

El insulto y la burla de la que son víctimas las travestis sirven como una forma de advertirles a ellas de la transgresión de las normas, de la desviación social que cometen. Es una forma de decirles que este espacio (público) no es para ellas, o no para que ellas se muestren así. El uso del megáfono por parte de los serenos para apelar a la condición biológica masculina de las travestis es una manera de negar la validez de sus identidades, y a la vez de visibilizar su disidencia. Una idea de lo importante que para muchas travestis es el ser pensadas como femeninas es la forma en que modifican sus cuerpos. Muchas se inyectan silicona líquida, la que saben afecta su cuerpo y su salud; pero tanto les importa ser codificadas socialmente como “femeninas” que están dispuestas a arriesgar su vida en el intento. Esto sirve para entender porque el llamarlas “señores, caballeros, zapatones, osos” les resulta ofensivo y denigrante, y que además se hace con la clara intención de ofender y humillar. 

La violencia física más que como una advertencia funciona a manera de castigo, lo que se castiga es la transgresión. Además aquí el dolor cobra un gran protagonismo. El dolor funciona en ciertos contextos socioculturales como una manera de aprendizaje; el dolor sirve para aprender cuales son las conductas deseadas socialmente y cuales son las desviadas. Son los hombres los que tiene que lidiar más con el dolor, es a ellos a los que se les exige mayor resistencia al mismo. La violencia es parte importante del proceso de socialización y de adquisición de una identidad de género masculina, pero a las travestis se les violenta más de repente con la creencia de que este dolor puede retornarlas u otorgarles una masculinidad hegemónica.

 Pese a que no en esta escena no son actores tan evidentes, los vecinos y las vecinas de la zona son muy importantes en esta interacción.

les exige mayor resistencia al mismo. La violencia es parte importante del proceso de socialización y de adquisición de una identidad de género masculina, pero a las travestis se les violenta más de repente con la creencia de que este dolor puede retornarlas u otorgarles una masculinidad hegemónica. Se violenta el cuerpo travesti porque es ese cuerpo el que transgrede visiblemente la heteronormatividad. Esta escena puede ser leída además como la interacción entre las fugitivas de la masculinidad, y los miembros del serenazgo que las tratan de deportar a la masculinidad mediante el insulto y el dolor.

Las travestis tienen que aprender de maneras muy duras y violentas a manejar el dolor, a reprimirlo, a relativizarlo. Cuando la patrulla de serenazgo se fue, la travesti agredida no lloró ni se quejó, se limpió la ropa, su amiga se le acercó para ayudarla, pero al parecer no le causó tanta exaltación. Esta dinámica de violencia es una constante en la vida de muchas travestis trabajadoras sexuales, el serlo pasa por aprender a “soportar” y manejar este dolor. Pero talvez este dolor físico sea menor que el dolor de ser excluídas de los saberes femeninos y de la categoría “femenino” en general, que es a lo que se enfrentan en la mayoría de espacios sociales. 

“Lo que un hombre no debe ser es un maricón, mientras que lo que una mujer no debe ser es una puta”. Las travestis son entendidas o vistas como una categoría que entrelaza fuertemente estas dos nociones: la del homosexual y la prostituta. En ese sentido es fácil caer en cuenta de lo cruel que es el heterosexismo con ellas, ya que se les define como malos hombres, pero también como malas mujeres. 

Goffman hace una microsociología, y le interesa el análisis de interacciones concretas. En ese sentido su propuesta puede ser relacionada con la de Judith Butler, quien afirma que el género como tal no existe. Osea las personas no tenemos un género, sino lo performamos (lo actuamos) en nuestras interacciones de la vida cotidiana. Las travestis performan un género “femenino”, pero el género femenino no “es”, sino que se construye socialmente a partir de la acción de los y las sujetos. Este género que performan tiene particularidades del colectivo (además de las individuales). La apelación al escándalo es una apropiación que ellas hacen en su presentación en la Av. Arequipa. 

Un componente menos explícito de la violencia contra las travestis es el contenido erótico. Me percaté de que mientras los serenos le pegaban, la tocaban demasiado.  Le tocaban los senos, las nalgas, le ponían la cara a la altura de sus entrepiernas (haciendo alusión a sus penes).  Aquí es interesante como una relación de violencia y de dominio puede ser erotizada, y como el homoerotismo puede ser canalizado y justificado en estas circunstancias. Es en ese sentido que la sexualidad masculina puede ser vista como un erotismo que se avergüenza de sí mismo. Un erotismo que para expresar su carga homoerótica tiene que violentar para no cuestionarse a sí mismo.

 

Pese a que en esta escena no son actores tan evidentes, los vecinos y las vecinas de la zona son muy importantes en esta interacción. Son quienes llaman al serenazgo para que boten a las travestis. Y regularmente hay confrontaciones entre travestis y muchas/os vecinas/os. Estos/as últimos/as no están dispuestos a dialogar porque no ven  en las travestis a personas (iguales) con las que se pueda hacer ello. Argumentan que son peligrosas  para los niños y jóvenes. Aquí aparece la noción de lo femenino como contaminante, les preocupa lo explicito de su erotismo porque  son observadas y deseadas por sus hijos, por muchos “padres” de familia, y por algunas mujeres también.

 A todo lo mencionado habría que sumarle la impunidad. Este hecho de violencia y abuso no fue denunciado, como ninguno de los que ocurre. Los miembros del serenazgo saben que las travestis no son parte de la población a proteger, no son consideradas ciudadanas. Las travestis, por su parte, no tienen la más mínima intención de denunciar porque saben que puede haber represalias y además, el uso de documentos (de identidad) dificulta más este hecho. Pero lo más importante tal vez, es que las travestis estén seguras de que no van a ser oídas, ni que sus denuncias vayan a ser tomadas en serio. 

El análisis de redes de Wellman puede ser muy útil para este caso. El conceptualiza el poder como una relación, no como un  atributo personal sino como un aspecto de la interacción entre individuos. El define el poder como la probabilidad de que un actor en una interacción social pueda llevar a cabo sus deseos e intenciones frente a las  resistencia de los demás. Por ello, el poder es dinámico, inestable y propenso al cambio (según él). El que la travesti dejase de ser golpeada se debió a la intervención de otra travesti, quién amenazó con una botella rota a los serenos. Aquí ella apelaba también a la amenaza de agresión física para conseguir su objetivo (el que dejaran de violentar a su amiga). Con esto no quiero decir que sean fuerzas  en igualdad de condiciones, ni quiero relativizar poderes hegemónicos, ni disimular una clara relación asimétrica, pero sí mostrar como la amenaza de violencia no es propia o inherente a un solo grupo, sino que es más dinámica.

 

Las personas además, bajo la propuesta de Wellman, somos parte de muchas redes. En el caso de las travestis, habría que mediatizar esta proposición; ellas son excluídas de muchos espacios, de muchas redes, y de las pocas que participan lo hacen de manera marginal. En ese sentido se puede entender por qué la impunidad es una constante en sus vidas. Ellas no forman parte de redes que puedan denunciar, que puedan señalar y responsabilizar a determinadas personas de violentarlas. Sus redes familiares, vecinales, amicales no siempre las apoyan, y aunque lo hagan la vergüenza y el miedo pueden más que sus ganas de justicia. En cambio los serenos forman parte de una red que los vincula a la municipalidad, al poder público, al estado, a las normas y su cumplimiento. En otras palabras, así las travestis denunciaran es muy probable que por las redes de las que forman parte los serenos ellos no reciban ninguna sanción y que utilizándolas vulneren aún más a las travestis.

 Según Melanie Klein el primer y fundamental rostro del poder es femenino. Nadie tiene tanto poder sobre otro/a que una madre sobre su hijo/a. Este poder es negado y naturalizado por el discurso patriarcal[7] y es convertido en lo abyecto, lo despreciable. Una buena mujer es aquella que invisibiliza su poder, la que dominando es subordinada. Para Klein es el sistema patriarcal el que hace que las mujeres no asuman este poder. Esta manera de negar el poder de otros, e invisibilizarlo puede verse también en el afán de negar el poder (político) del escándalo (travesti). Y se recurre a la violencia física y verbal para disminuirlo. Cuando los serenos atacaron a la travesti, la mayoría de las otras travestis se escaparon, no se quedaron a socorrerla, ni mucho menos cuestionaron los abusos del serenazgo. Ese es un ejemplo del poder simbólico de negar el poder y la capacidad de agencia del otro u otra.

 Don Kulick y Charles Klein afirman que el escándalo travesti reterritorializa la vergüenza, las travestis usan su poder de contaminación para involucrar y transformar al otro (y con él, la ciudadanía o las masculinidades). Para Marcia Ochoa las travestis transgreden las “buenas costumbres” no por rechazo  a la vergüenza, sino habitando la vergüenza para así interpelar e incriminar a los /as demás. El escándalo es poderoso porque desestabiliza los sentidos comunes, los muchos supuestos sobre los que descansa la heteronormatividad y que son parte de las interacciones de la vida cotidiana. Al corporizar lo abyecto, y al hacerlo en el cuerpo de las tarvestis es cierto que las “dudas”, ambivalencias sorbe la propia masculinidad (que se interpreta)

 sentidos comunes, los muchos supuestos sobre los que descansa la heteronormatividad y que son parte de las interacciones de la vida cotidiana. Al corporizar lo abyecto, y al hacerlo en el cuerpo de las travestis es cierto que las “dudas”, ambivalencias sobre la propia masculinidad (que se interpreta) se extraen de uno mismo y se trasladan a la otra, pero al ha hacerlo se dota de poder también al abyecto. Tienen un poder simbólico y político.  Las travestis pueden “contaminar”, pueden al ser el referente de lo que no se debe ser, cuestionar las masculinidades hegemónicas. Si todos los hombres deben vivir sus masculinidades, y lo deben de hacer dentro de la heterosexualidad monogámica por qué existen ellas, si los homosexuales  son otros y no uno por qué se sienten atraídos o erotizados por esos cuerpos. Ellas pueden además valerse del prejuicio de la contaminación para contaminar, y de repente ese es un gran miedo al que se trata de enfrentar violentándolas.


[1] Digo actores (y no actrices), porque son hombres en quienes las travestis despiertan una serie de sensaciones y sentimientos encontrados: odio, miedo, placer, gusto, asco, etc.

[2] Esto en la interacción entre travestis y sus clientes, y entre ellas mismas.

[3] Lo abyecto en tanto borde que delimita la identidad,  que pone límites y señala lo “permitido” y lo “despreciable”.

[4] La heteronormatividad puede ser entendida como el conjunto de normas, pautas, creencias que crean las categorías heterosexual y homosexual y que asumen que la heterosexualidad es la única sexualidad válida usando una serie de discursos para legitimarlas.

 [5] Goffman, Irving “Estigma: La identidad deteriorada”

[6] Las travestis son pensadas como hombres homosexuales por la mayoría de personas.

[7] Cabe mencionar que Klein usa categorías universalistas o esencialistas a diferencia de la propuesta de la Dramaturgia o del Interaccionismo Simbólica que hacen microsociología.

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