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por Giancarlo Cornejo Salinas |
¿Caleta
quién?, ¡Caleta tú?, ¡Caleta yo?
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Quienes somos gays sabemos que el serlo no nos hace iguales, ni siquiera parecidos a otros gays. Nuestro género, clase social, nivel de educación, raza (o mejor dicho etnia), valores, ideologías pueden ser (y lo son) de lo más diversos. Y estas características tienen un correlato en el nivel de exclusión de una persona. Es decir un hombre gay, blanco, joven, con estudios superiores probablemente será menos vulnerado o discriminado que una mujer lesbiana, pobre, chola y madre soltera. Dicho esto creo que una de las pocas cosas que asemejan la vida de la mayoría de gays (y cuando hablo de gays hablo de hombres homosexuales y no de lesbianas) es el ser caletas (o el intentar serlo). ¿Qué es ser caleta? Ser caleta puede ser una técnica de supervivencia en un contexto tan homofóbico como en el que vivimos. Pero ser caleta también puede ser una forma de ser gay sin ser maricón. Es decir una forma de no ser heterosexual (y desobedecer al sistema hegemónico), pero sin cambiar la estructura de la exclusión que ese sistema produce. “¿Caleta
quién?” Siempre estamos a la expectativa de encontrar hombres que reúnan
el requisito indispensable: ser masculinos, asumir roles que sean
pensados socialmente como masculinos y por tanto superiores. Y esa es
una pregunta que nos la hacemos todos, esperamos reconocer estos
atributos en los otros. Pero se plantea en términos de pregunta y por
tanto incluye la duda ya que lo caleta o lo “masculino” no se asume
sino que se tiene que comprobar. Las
dos preguntas siguientes incluyen un deseo de afirmación y la duda, por
ello las coloqué con un signo primero de exclamación y luego de
interrogación. “¡Caleta tú?” Se desea encontrar hombres que sean
poseedores de los valores asociados tradicionalmente a lo masculino,
pero a la vez se necesita encontrar hombres “desviados” o mejor
dicho locas, porque son las locas las que sirven para canalizar todas
las dudas sobre la propia masculinidad, funcionan a
manera de conejillos de india. Es porque existen (o porque se
crean) locas que uno puede respirar tranquilo y pensarse como poseedor
de los privilegios que otorga el “ser” hombre
en una sociedad sexista y androcéntrica como ésta. “¡Caleta
yo?” Para esto se necesita la aprobación de los otros hombres. Y por
lo general dado que nos gustan los hombres tendremos que “compensar”
este “defectito” siendo “más” hombres que los heterosexuales.
Pero la duda siempre estará ahí, es que la loca o la travesti solo nos quitará las dudas
momentáneamente, pero el resto del tiempo se vivirá en una búsqueda
de tratar de negar lo innegable, de buscarle piezas al rompecabezas que
jamás vamos a encontrar “Dios perdona el pecado, pero no el escándalo”. Claro Dios perdona el pecado y no el escándalo, porque es el escándalo el que produce los cambios sociales. Y este conjunto de normas e ideales hegemónicos en ese conocido refrán es representado por la figura de una imagen divina androcéntrica. El que un hombre se acueste con otro hombre no creo que sea transgredir el sistema heteronormativo hegemónico necesariamente, pero si se atreve a tocarle la mano o a besarlo en público allí es donde va a recibir la sanción social. En otras palabras “Dios perdona al caleta, pero no a la loca”. Lo terrible de ser caleta talvez sea que nunca se será lo suficientemente caleta como para estar tranquilo. El temor a la propia feminización será un fantasma con el que van tener que lidiar siempre, y es que ni teniendo el cuerpo de un instructor de gimnasio, la voz de un locutor de radio, la fuerza de un boxeador, y dos o tres novias “pantalla” a la vez van a eliminar la duda sobre el no ser lo suficientemente caleta. El vivir pensado ¿se habrán dado cuenta?, ¿por qué dije lindo?, ¿le apreté la mano muy suave?, ¿habrá notado ese pata que no dejo de mirarle el culo? puede ser muy cruel. Vivir con una ansiedad que jamás se va a terminar. El problema no es que se sea “femenino” o no lo suficientemente “masculino” sino que el ideal de ser caleta es en sí mismo tramposo. Es un ideal que jamás será cumplido, solo mortifica pero jamás se obtendrá la absolución, la sanación del alma (como dirían l@s psiconalistas). Podemos concluir que en vez de hacer de lo caleta la identidad gay hegemónica deberíamos deconstruirla (es decir destruirla y criticarla). Aprender a aceptarnos tal cual somos, a no juzgar a los demás por como viven su sexualidad o cómo proyectan su identidad. Talvez lo más difícil sea el vivir una masculinidad que no se defina en oposición ni como superior a lo femenino, pero a la vez nuestro reto más grande. Y es un reto tan grande porque si lo masculino no es lo opuesto ni es superior a lo femenino, talvez no tenga ninguna sentido crear esas dos categorías identitarias (lo masculino y lo femenino). Porque al final las dicotomías no existen por azar sino para crear jerarquías. Si ambas categorías son deconstruidas y dejan de ser las camisas de fuerza que han sido por mucho tiempo talvez los seres humanos podamos ser más auténticos, ser lo que en verdad queramos ser y ser dueñ@s de nuestros propios cuerpos.
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