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Su niñez: Cuando era
“él”
Giuliana no fue una niña,
fue un niño y se pensaba como “tal” en la primaria.
Nunca tuvo muchos amigos, era una persona reservada y
tímida. A ella cuando era niño no le gustaba jugar casi
nada, y menos fútbol, aunque sí yaxes. Cuando sus
compañeros jugaban fútbol ella se iba a otros patios o
se escondía para evitar jugar con ellos. Y como su
profesor la quería obligar a jugar dicho deporte, ella
le mintió a su mamá para que hable con este profesor y
le informe que su hijo tenía dolencias en el hígado y
que sus músculos se inflamaban cuando hacía ejercicios.
Estas tácticas le sirvieron a Giuliana para nunca tener
que patear una pelota.
Giuliana al parecer no se
sentía cómoda con los roles asignados a los varones
desde su niñez. El fútbol tal vez sea el ejemplo más
explícito de construcción y disciplinamiento del cuerpo
masculino. Su timidez puede verse como una forma de
resistencia a este disciplinamiento corporal que
construye un cuerpo masculino “normal”.
Giuliana apela a una
mentira para escapar de una situación, jugar fútbol, que
la incomoda profundamente. Pero tal vez no sea exacto
hablar de una “mentira” porque Giuliana la usa como un
recurso para escapar de una nominación universalista que
es pensada como la “verdad”, y que opera sobre su cuerpo
para disciplinarlo. Frente a este discurso homogenizador
de los “cuerpos masculinos”, y creador de los cuerpos
masculinos en buena medida, cualquier saber otro o
discurso alternativo es una “mentira”. Giuliana no puede
cuestionar explícitamente la legitimidad de esa
“verdad”, pero puede apelar a otra “verdad” para escapar
de un destino que es planteado simbólicamente como
inevitable.
Esta escena también puede
explicitar la carencia de un lugar enunciativa del niño
que fue Giuliana. Esta carencia se debe apreciar en el
hecho de que la alteridad que representa Giuliana para
un sistema generizado dicotómicamente sea una
inexistencia, una irrealidad. Sus saberes en torno a su
propio cuerpo no pueden ser debatidos porque ella no
posee recursos simbólicos para generar una propuesta
alternativa que visibilizara ante el discurso hegemónico
sus ambivalencias.
Su adolescencia:
Cuando aún era “él”, pero el “ella” le parecía más
interesante
Cuando estaba en secundaria
(alrededor de los 13 años) su forma de percibirse cambió
radicalmente. Giuliana toma conciencia de que quiere ser
ella, que sueña ser ella, de que es ella. Sabía que en
el colegio no podía “soltarse” y para todo el mundo era
un chico, y asumía los roles sociales atribuidos a lo
masculino (o en sus palabras copiaba lo que hacían los
chicos).
Ella recuerda gratamente que
a los 13 años se compró con sus ahorros su primera
muñeca, a la que atesoraba, y que escondía debajo del
colchón de su cama; cada vez que podía le compraba
ropa, accesorios o se los hacía ella misma. También
viene a su memoria que a esa misma edad se puso por
primera vez los zapatos de su madre, luego su vestido
para jugar con sus hermanitas a un desfile de modas, en
el que todas ellas eran modelos.
En el colegio siempre hubo
chicos que le gustaron, pero ella solo se contentaba con
su amistad en el mejor de los casos. Giuliana recuerda
que por su seriedad sus compañeros la llamaban cachaco,
y le decían que su casa era un cuartel. Para ella esa
forma de ser la sigue caracterizando hasta ahora. Dice
aparentar varias personalidades, aunque reconoce que en
el interior es débil, se muestra exteriormente como una
persona dura (a manera de escudo).
Para Bhabha el mimetismo
es un instrumento de saber y poder colonial que sirve
para incluir o excluir simbólicamente, pero el mimetismo
es ambivalente ya que puede desestabilizar los discursos
de autoridad colonial cuando el colonizador ve huellas
de sí mismo en el colonizado. El hecho que Giuliana haya
sido llamado “cachaco” por su dureza y su masculinidad
rígida puede ser vista como una forma de mimetismo, y
también puede ser visto como un atentado a una dicotomía
de género jerarquizante y rígida, porque ella fue “mejor
hombre” que los propios hombres que ‘asumen’ una
masculinidad hegemónica heterosexual.
Bhabha además
afirma que la duplicación de la autoridad produce una
representación poderosa de contra dominio. El mimetismo,
así, remeda la autoridad colonial en forma de presencia
parcial e incompleta. De esta manera, perturba el poder
y desdibuja la diferencia en la que se fundamenta la
autoridad que performa. En ese sentido, la
hipermasculinidad de Giuliana puede ser vista como
resistencia, ya que introduce ambivalencia a las reglas
del reconocimiento de los discursos dominantes y
evidencia la “artificialidad” de atributos sociales
postulados como naturales. O en
otras palabras, Giuliana visibiliza lo vacías (en
contenido) que son las categorías ‘hombre’ y ‘mujer’.
Al generarse híbridos de
cuerpos masculinos que asumen roles masculinos sin
asumir una identidad masculina se desplaza la autoridad
colonial, se reapropia e introduce formas “otras” de
vivir esta masculinidad, además se cuestiona su
obligatoriedad y unidimensionalidad.
Según Fanon es la escuela
la herramienta principal para suscitar el deseo del
mimetismo. Y es en la escuela donde este deseo de
mimetismo por una identidad masculina anclada en un
cuerpo construido como masculino va a ser impuesta.
Para Gayatri Spivak lo
que debiere hacer el investigador crítico no es indagar
la conciencia incierta o fragmentada del subalterno,
sino la supresión de la conciencia que se acomete contra
él. En ese sentido, el que Giuliana haya tenido que
mostrar una dureza y rigidez son políticas sexuales de
dominio imperial que evidencian como otras formas de ser
y sentir son suprimidas, son postuladas como irreales e
inexistentes. Y ella se ve obligada a mostrarse como lo
“único” que puede ser es, es decir, un hombre
heterosexual. En ese sentido una potencial conciencia
femenina o transgenérica es simbólicamente acribillada
por un imperio masculino heterosexual y blanco.
También se puede apreciar
como la misma Giuliana reconoce que asume varias
personalidades. Eso puede corroborar la aseveración de
Spivak sobre la profunda e irremediable fragmentación
del sujeto subalterno.
La dureza de Giuliana era
confundida con arrogancia, y ella misma reconoce haber
sido arrogante y tratar diferenciadamente a las personas
por como se vestían, o el dinero que tenían. Eso sí hay
algo que hasta ahora no puede cambiar y es su racismo al
escoger a sus parejas, en sus palabras “un negro no le
sirve de marido”.
El cruce étnico/racial
también se hace explícito como otro mecanismo de
dominación que refuerza la subalternidad. El deseo o la
aspiración (aunque sea discursiva) a hombres blancos
visibilizan como Giuliana puede estar atrapada por el
deseo del sujeto colonizador.
El recordar la primera vez
que tuvo sexo le produce sentimientos fuertemente
ambivalentes, ya que no está segura si fue una
violación o no la que sufrió. A los 15 años había
salido a caminar con un vecino suyo, hasta que llegaron
a una casa en construcción. Allí este hombre empezó a
tocarla en contra de su voluntad, pero luego él empezó a
hablarle cariñosamente y la convenció. Ella reconoce que
esa experiencia no le causó placer.
Su primer encuentro
sexual está marcado por la violencia. Ella es deseada,
pero este deseo necesita concretizarse mediante
mecanismos de violencia sobre su cuerpo para
justificarlo.
Es cuando empieza a trabajar
en la cevichería de su prima que se compra sus primeros
vestidos y minifaldas. Ella recuerda con nostalgia que
lo primero que se compró con sus ahorros fue una peluca,
una peluca que fue lo más caro por lo que haya pagado. Y
es así que se traviste por primera vez.
Su niñez: Cuando
conoce la felicidad
Desde los tres años vivió en
la casa de sus padrinos en San Isidro, quienes emplearon
a su madre, junto con su hermano más querido. Daniel
atesoraba vivir con ellos porque siempre acompañaba a
las tres hijas de esta familia, ya sea a la natación o
al ballet.
Daniel ha generado una
narrativa en la que su infancia es una etapa que podría
ser fácilmente calificada como la corporización de la
felicidad en su vida. Esta etapa está caracterizada por
la opulencia afectiva y económica de la que gozó al
vincularse a sectores de clase media alta, vía la
casualidad de establecer relaciones de padrinazgo.
Aunque no lo dice
textualmente, al parecer su madre fue la trabajadora del
hogar de dicha familia.
En esta narrativa que
presenta son sus padres quienes aparecen como figuras
casi ausentes. Y son sus padrinos quienes son
construidos como figuras de admiración y deseo. Aquí
probablemente haya una impronta de clase, en la que la
vinculación afectiva, aunque sea condicionada a
relaciones laborales jerárquicas, a familias de clase
media alta genere condiciones para una vida más
habitable, aunque sea aparente.
Este mundo de opulencia y
felicidad es un mundo en el que descubre vínculos
sociales femeninos importantes. Sus primas al parecer se
convierten en referentes identitarios fuertes, y es con
ellas que se le permite explorar posibilidades negadas
socialmente por su género y por su procedencia
económica, como seguir clases de ballet.
El cristianismo fue una
parte importante de su infancia ya que su madrina era
árabe y su padrino judío. Eran tan estrictos que cuando
alguien los desobedecía o hablaba malas palabras lo
llevaban al baño para pegarle con una correa o lavarle
la boca con jabón. Daniel recuerda orgulloso que jamás
lo llevaron al baño por su ejemplar comportamiento.
Nunca jugó fútbol, ni con
carritos, solo con muñecos a los que les ponía a
escondidas “ropa de mujer”.
La subalternidad es una
categoría en la que las contradicciones abundan, y son
centrales para definir a un sujeto como subalterno. Su
infancia es construida como el paraíso en su vida, que
luego contrastará con experiencias brutales. No obstante
esta infancia implica un disciplinamiento corporal
severo en el que se le imponen creencias totalizadoras,
mediante las que su cuerpo vive bajo la amenaza de ser
constreñido al transgredir ciertas normas. Ella se
sintió y se siente orgullosa de no haber sido castigada
como los otros niños en ese hogar, pero esta “conducta
ejemplar” implica la aprehensión de la norma en su
cuerpo.
Esta normatividad
corporal probablemente no haya tenido una gran carga de
género, o tal vez Daniel se vio exenta de dicha
connotación generizada por su corta edad. O puede ser
que no resultaba importante imponer una masculinidad
hegemónica al hijo de una trabajadora del hogar, como
sí al hijo propio de una familia burguesa.
Judith Butler afirma que
dado que las normas del género son reproducidas, éstas
son citadas por prácticas corporales que tienen la
capacidad de alterar dichas normas en el transcurso de
su citación. El rechazo a los carritos o al fútbol es
especialmente importante porque ambos son símbolos de
constitución, disciplinamiento y normalización de un
cuerpo masculino, pero Daniel se las ingenia para
alterar las citaciones genéricas que pone en práctica.
Esto último se hace más evidente en el hecho que jugaba
con muñecos (socialmente atribuidos a niños), pero les
ponía vestidos probablemente de las muñecas de sus
hermanas.
A los 5 años vio por primera
vez a un hombre desnudo. Recuerda con nostalgia la
imagen del cuerpo desnudo de ese hombre mayor, blanco y
velludo, amigo de su padrino.
Este hecho es relevante
en su narrativa autoidentitaria porque marca el
“descubrimiento” de su homoerotismo, el reconocimiento
de su deseo erótico por hombres. Tal vez la palabra
descubrimiento no le haga justicia al hecho, ya que
apela a la existencia de una verdad contrastable y
aprehensible, pero sí es un esbozo del reconocimiento de
un deseo negado y violentado socialmente.
Este deseo homoerótico
“originario” tiene un contenido étnico/racial muy
fuerte. El hombre deseado era un hombre blanco, y esa
característica es central en la autoproducción narrativa
de Daniel. Y puede mostrar que el deseo de Daniel haya
sido uno condicionado al deseo del sujeto hegemónico
blanco.
Sus padrinos tuvieron que
viajar a Honduras; por ello Daniel tenía que regresar a
Magdalena con su familia. Para su Primera Comunión su
madrina antes de irse le regaló una túnica, que él
atesoraba; pero que jamás pudo usar porque su padre lo
obligó a usar un terno, que hasta ahora odia.
Hay un proceso en el que
esta etapa de opulencia se ve extinguida, y que fuerza
a Daniel a encarar a su familia biológica, y con ella a
los sectores sociales de clase media “baja” y “popular”.
Esta despedida dolorosa,
se hace más dramática a través de un símbolo
especialmente significativo: una túnica. La túnica que
le regala su madrina antes de irse, es un símbolo
afectivo pero también uno genérico. Esta túnica es
ambivalente, ya que como prenda no es simplemente
diferenciable como un pantalón o una falda. La túnica
le permitía fantasear, fantasear que usaba un vestido y
ello es relevante porque muestra el esbozo de una
conciencia femenina o transgenérica que va a ir siendo
suprimida violentamente. El que su padre le haya
arrebatado la túnica y con ello la posibilidad de
fantasear también es un signo importante ya que marca el
inicio de la “caída”. El terno en el ritual, que es la
Primera Comunión, es la corporización de un
disciplinamiento sobre el cuerpo de Daniel que señala
la imposición de una masculinidad hegemónica
heterosexual.
Cuando descubre que lo
miran diferente
Cuando volvió con su familia
se sentía en un mundo completamente diferente. Sus
hermanos hablaban “malas palabras” y eran violentos,
Daniel en cambio nunca decía “malas palabras” y era
delicado.
Esta es una etapa de
“caída”, es un tránsito brusco y doloroso de un lugar de
amor a otro agresivo y hostil. Daniel se sentía un
extraño con los “suyos”, y probablemente no haya
aprendido las técnicas para vivir en ese contexto, por
su vinculación a esa familia san isidrina.
La casa era más chica, había
más gente; todo era diferente a cuando vivía con su
madrina. Pero lo más diferente era la mirada de la
gente, ya que sus amaneramientos allí eran más obvios.
Le decían “¡no te portes así!”, “pon la mano normal ¡no
quiebres la mano!”, “¡camina como hombre!”, “qué tanto
te mueves”.
Esta “caída” tiene una
marca de clase muy fuerte, ya que es una caída
socioeconómica también; Daniel ve las características de
su nuevo contexto (número de personas, tamaño, etc) como
intolerables. Y la marca de clase también se hace
explícita en la incipiente producción del maricón en el
cuerpo de Daniel. Las advertencias que le hacen
como“¡camina como hombre!” a la vez que le señalan las
políticas sexuales hegemónicas, es decir los límites
sociales para un cuerpo masculino, le configuran como un
cuerpo objeto de la advertencia explícita. Se le
configura como un “maricón”, y su cuerpo se empieza a
convertir en un cuerpo “otro”.
Daniel era un niño
obediente cuando vivía en San Isidro con sus padrinos,
en su nuevo hogar en Magdalena era un maricón. Allí hay
un corte importante, porque probablemente el
comportamiento de Daniel no haya cambiado mucho en un
lapso de tiempo tan corto, pero lo que sí era diferente
era la mirada de las personas de ambos contextos.
Cuando su cuerpo
sangra y calla
A los 8 años y después de
jugar con sus hermanos, fue a devolverle la pelota a un
amigo suyo, al que todos le decían “maricón”, pero
Daniel no sabía que significaba eso. Este amiguito vivía
al final de una quinta larga; en el camino se le acercó
Jaime, un vecino de su barrio y le dijo “quiero hablar
contigo”, Daniel se negó porque estaba prohibido de
hablar con ebrios. Corrió hasta la casa de su amigo, y
al llegar le devolvió su pelota y le pidió que lo
acompañara. Pero en el camino los interceptaron; Daniel
empujó a su amigo sobre sus agresores y corrió
desesperado, pero Jaime y otros jóvenes lo atraparon, le
torcieron el brazo y lo agarraron del cuello. Daniel
gritó y gritó mucho, pero lo obligaron a callar, y antes
de meterlo a un cuarto oscuro, pasó un niño al que
Daniel le gritó “avísale a mi hermano”, el muchacho
preguntó “¿qué quieren hacer con el chico?”, los hombres
sacaron un cuchillo y lo amenazaron, y el niño se fue.
Ya en el cuarto, al Daniel resistirse le cortaron el
pecho con el cuchillo, le rompieron la ropa y lo
violaron todos. Lo obligaron a callar al amenazarlo con
matar a sus padres y hermanos si le contaba a alguien lo
que le hicieron.
Esta escena refleja la
gran violencia que se comete contra los cuerpos de niños
que muestran signos o marcas corporales de no
heterosexualidad. Hay una creencia popular que dice algo
como que “al hombre que violan lo vuelven maricón” (y
esta violación es definida básicamente como una
penetración anal). Esta creencia que es un prejuicio
esconde también contenidos verdaderos, pero tal vez
transfigurados funcionalmente para acomodarse al deseo
del sujeto hegemónico. Es decir pareciere que en vez de
que por ser violados se vuelven maricones, se les viola
por ser maricones.
Estos cuerpos otros se
convierten en cuerpos a los que es legítimo violentar.
Es el contenido fuertemente erótico y de deseo el que se
intenta esconder.
Estos cuerpos maricones
le deben sumar a su subalternidad su muy joven edad, que
hace más precario aún su acceso a un lugar de
enunciación desde el que no permitir este tipo de
agresiones.
El deseo homoerótico es
un deseo negado socialmente, pero no por ello es
inexistente, sino que es latente, y está estrechamente
ligado a la violencia por la represión y estigmatización
cultural que la define.
Homosexual será solo el
niño violado, Daniel, mas los agresores no. Pese a que
en el hecho en cuestión los sujetos deseantes son estos
hombres jóvenes veinteañeros que lo agreden. Allí hay un
mecanismo de saber/poder que anormaliza y patologiza la
sexualidad y performatividad genérica alternativa a la
heterosexualidad, pero a su vez niega sus propios
contenidos no heterosexuales.
Estos agresores necesitan
producir un maricón, Daniel, para poder justificar y
legitimar su deseo homoerótico, e invisibilizar su
propia “anormalidad”. Necesitan producir anormales para
construir al sujeto “normal” limpio de manchas.
Judith Butler sostiene
que para que lo humano sea humano debe relacionarse con
lo no humano (con lo que está fuera de sí mismo, pero
que es continuo consigo mismo). En ese sentido, lo
humano excede sus límites en el mismo esfuerzo de
establecerlos. La heterosexualidad solo existiría a
partir de la creación de la homosexualidad como
categoría, y ambas son parte de un mismo continuo que es
escindido culturalmente.
Al regresar a su casa, entró
por una de sus ventanas para no despertar a nadie, se
fue al baño y vio su cuerpo sangrar, botó su ropa
destrozada y manchada, y se cambió. Intentó dormir pero
no pudo. Las siguientes noches era atormentado por
pesadillas en que sus violadores ingresaban a su cuarto
y lo volvían a agredir. No les dijo a sus padres nada.
Daniel no pudo denunciar
el hecho con sus padres porque carecía de un lugar de
enunciación desde el que hacerlo. Las amenazas de las
que fue victima no podían ser contrarrestadas porque su
vida no era una socialmente habitable al hacerse visible
su incipiente disidencia de la heterosexualidad.
Cuando un terremoto es
solo un simulacro
El Acontecimiento es algo
nuevo, algo que introduce cambios en las reglas y
convenciones sociales. Mientras que el simulacro es lo
que evita que suceda algo nuevo (un acontecimiento), es
lo que convierte lo potencialmente nuevo en familiar, y
se mueve en el campo del sentido común.
El terremoto ocurrido en el
2007 que tuvo como epicentro la ciudad de Pisco
evidenció la vulnerabilidad de nuestras vidas, y pudo
haber sido un acontecimiento, pero lamentablemente el
terremoto se convirtió en un simulacro. El terremoto
pudo haber sido un acontecimiento que nos
desposicionara, interpelara y cuestionara, y que
evidenciara las asimetrías en el sistema político
económico hegemónico, pero completamente lejos de eso se
transformó en una suerte de circo mediático que terminó
reforzando el sentido común.
Un terremoto causa
muchísimos destrozos, se lleva vidas, se traga la
esperanza, nos devora en miedo; pero aun así puede
convertirse en un simulacro que reemplaza y tapa todo
potencial de acontecimiento.
El terremoto ocurrió a unas
horas de Lima, pero al ver cualquier canal de televisión
o especialmente CNN lo que parecía es que hubiere
ocurrido en un lugar muy lejano de nosotros. Allí estaba
“el tercer mundo” pobre, desvalido, al borde de la
muerte, y victima incluso de la ‘naturaleza’, pero
fundamentalmente ‘otro’. Esta fijación lo que refuerza
es al sujeto de la nominación, sujeto ‘uno’, que no solo
observa sino que es el que produce esa representación
que busca escindir. Este sujeto es el llamado a
solucionar estos problemas, y lo es mediante la lástima.
El buen amo justifica la exclusión por medio de las
dádivas. Y así la lástima se convierte en un mecanismo
legitimador de la dominación.
La asistencia humanitaria a
la vez implica y conecta dos sujetos: uno movido
básicamente por sus necesidades biológicas (en ese
sentido más emparentado a un animal que al sujeto uno) y
otro que es definido esencialmente por su racionalidad y
capacidad de determinar el mal e incluso solucionarlo.
Esta aparente lejanía
geográfica no fue solo el discurso de los medios de
comunicación masivos, sino también el del Estado. El
Estado central tardó más de 1 día en llegar a Pisco, a
solo unas cuantas horas de Lima en auto. Así se repetía
la consigna legitimadora del neoliberalismo: la
redistribución existe mediante el chorreo, lo que
implica que en algún momento le llegue la hora a los más
pobres, pero solo tienen que ser muy pacientes. En este
caso, la vulnerabilidad de las vidas y la gravedad de la
situación cuestiona frontalmente este sistema económico
y la elaboración de sus prioridades y distribución de
presupuestos. En pocas palabras estas vidas no pueden
esperar al ‘chorreo’ prometido y postulado como una
figura mesiánica que en algún momento les garantizará la
salvación.
Pero repito es la lástima la
que se convierte en el medio legitimador del sistema
político económico hegemónico, y que invisibiliza sus
inhumanas contradicciones.
No se trata de una ética de
reconocimiento de nuestra esencial vulnerabilidad, que
implique respeto por el otro y valore nuestra necesaria
dependencia, sino que se convierte en un acto de
solidaridad en el que es claro quién es el sujeto/objeto
vulnerable y quién el sujeto que da la dádiva.
En todo el proceso el sujeto
víctima es el único que no habla, el que al parecer no
tiene una voz legítima ni para describir que pasó o que
sintió, y mucho menos decidir sobre la solución a sus
problemas. En la representación mediática no aparece el
sujeto víctima más que muerto, herido o llorando, pero
parecen haber obviado que el primer día después de
ocurrido el terremoto, fueron solo ellos quienes se
encargaron de rescatar heridos, atenderlos, proveerse de
alimentos, organizarse, etc. Y sobre esto lo que más se
oía en los medios de comunicación masivos eran pedidos
al Estado de que se apresuraran en llegar a las zonas
más afectadas porque estaba pensando lo impensable: que
los pisqueños e iqueños empezaban a robar comida en
establecimientos de abarrotes, porque ni en ese contexto
se puede cuestionar el principio último legitimador, la
hegemonía de la propiedad privada.
La creación de “maricones”
es un simulacro que naturaliza y familiariza la
heterosexualidad. Con creación de maricones quiero
referirme a la fijación y construcción de cuerpos en
categorías abyectas y despreciables.
La existencia de Daniel y
Giuliana así como los vínculos de deseo homoerótico que
visibilizan podrían convertirse en un acontecimiento que
produzca una ética basada en el reconocimiento de la
diversidad de afectividades y erotismos, asimismo
podrían reconciliar al sujeto que produce la nominación
con sus deseos homoeróticos. Pero lejos de eso
contribuye a escindir a dicho sujeto, y a convertir a
Giuliana y Daniel en restos excrementicios y abyectos de
los que disociarse. Y es mediante la nominación,
mediante la lengua que estos cuerpos van a tratar de ser
fijados y sellados.
Ambas travestis fueron
violentadas sexualmente en sus primeras relaciones
sexuales. Allí la violencia se convierte en un canal
legitimador del deseo. Al igual que en el terremoto, la
exclusión a través de la violencia permite sostener el
ideal. Este ideal necesita a un sujeto escindido, ya que
solo puede existir si hay algo o alguien que ocupe la
posición abyecta.
En sus infancias no importa
realmente la orientación de su deseo erótico, sino que
para ser fijadas en la categoría abyecta se va a
examinar sus cuerpos y sus perfomances genéricas. Y van
a ser categorizadas en recursos y posiciones simbólicas
preexistentes.
Los medios de comunicación
masivos, como con el terremoto, producen un
sujeto/objeto otro también bestializado, que vive
confinado a la delincuencia e ignorancia. Al igual que
en el caso del terremoto, esto produce y reproduce la
escisión del sujeto. Pero a diferencia del caso del
terremoto aquí no se aplica la lógica del buen amo. Es
decir no es necesario justificar la exclusión apelando a
discursos convencionalmente considerados racionales.
Aquí lo que hay es un amo perverso que convierte su
perversión en naturaleza.
En esta
relación/producción/representación el sujeto otro carece
de un lugar de enunciación. Las travestis no tienen
recursos simbólicos socialmente legítimos para
interpelar la nominación universalista que las confina a
un lugar excrementicio. Al igual que con los pisqueños e
iqueños sus voces no son relevantes, son inexistentes a
los oídos del amo.
Giuliana y Daniel no son
casos aislados que ocupan la abyección como lugar de
enunciación y fijación. El ideal si es que es ocupado o
habitado por personas reales, lo es por pocas. La
mayoría de personas ocupamos en determinados contextos y
momentos posiciones abyectas. Todas las mujeres, al ser
la epistemología hegemónica moderna occidental una
masculina, y probablemente la mayor parte de los hombres
(por términos raciales, de clase, sexuales, etc), y
obviamente todo ser que no sea fácilmente clasificable
en la díada normativa de género.
Para concluir, parte del
gran reto en la vida de Giuliana, Daniel, los piqueños e
iqueños como en la mayoría de nosotros (que no estamos a
la altura del ideal) es producir acontecimientos, es
reescribir y subvertir la normatividad hegemónica, y
hacer de nuestras vidas y de los demás vidas habitables,
vidas plausibles, y en ese sentido vidas dignas.
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