lectura recomendada

OSQUITAR

 

Lima, 8 de marzo de 2007

 

Óscar:

 

Es inútil, de veras que lo sé, pero, aparte de esto, ¿qué otra cosa más puedo hacer para acercarme a ti? Y me sabe a insensatez de mi parte el malgastar palabras para escribirte confesiones que tal vez nunca leerás. Y digo -intuyo con el ciego convencimiento de ser quien te conoce mejor que nadie- que no leerás estas tristes líneas porque, ahora, a tus ojos, todo lo que se relacione conmigo les resulta repelente, chabacano y repudiable.

 

En verdad, no te culpo. Entiendo que, por todo lo compartido y vivido, me convierto en algo así como un remitente indigno y desechable. Sólo te aclaro que si he de culpar a alguien -cosa que, por lo demás, me resulta insoportablemente pueril- lo haría en silencio, y en la absoluta soledad que me ha dado tu devastadora ausencia.
 

No creo en el destino, tampoco en el azar, pero sí soy prosélito de mis pulsiones (prosélito, ¡vaya palabra!, siempre fui un huachafo impenitente, lo sabes)… fueron mis pulsiones las que ganaron mi voluntad y me arrojaron hacia tu cuerpo; aunque, al inicio, me catapultaron hacia ti tus ideas acerca del arte y la felicidad, tu insobornable rechazo al vicio y a todos excesos (exceptuando, por supuesto, el sexual), tu forma de entender la vida, de gozarla (conmigo), de sacarle la vuelta a la adversidad -esa adversidad que algunos, en nuestros malos ratos, llamamos homosexualidad.

 

Ante ti me siento desnudo, huérfano de palabras, precario hasta la rabia. No tengo tus lecturas, tampoco tu sonrisa. Me falta un corazón como el tuyo, a veces creo que el tuyo nos pertenece a ambos… Búrlate si quieres de mis cursilerías de colegial enamorado (enamorado, sí; confundido, jamás). Tú, ante mí, eres optimismo. Entérate de que cuando el optimismo me envuelve, creo que tú me perteneces (y que te alegra ser mío)… cuando me lo creo, ¡ay!, te desvaneces. ¿Ves? Ya estoy hablando de propiedad privada. Si te tuviera al frente me tocaría de nervios, echaría una risotada estúpida y te pediría disculpas con un beso sentido, breve, pero lo suficientemente intenso. Y es que es intenso lo que siento por ti, tan intenso que duele, somete, acuchilla y agrieta mis emociones.

 

¿Qué más te puedo decir que ya no te haya dicho antes? ¿Que las dos últimas veces que tomamos café en silencio me sentí el centinela de tu alma? ¿Que la única vez que nos hundimos en tu colchón, sin usar preservativos ni lubricantes, me convertí en el hombre más libre del mundo? Sólo con tu compañía he saboreado a pleno mi existencia, me he sentido absolutamente libre; pero, como nada es perfecto (y quiero recordártelo), también he sido esclavo de tus arrebatos, de tus paranoias desbocadas, patadas al tablero, insultos despiadados y cachetadas intempestivas.

 

Osquítar, sé que odias este diminutivo con el que mamá te ponía de mal genio, por eso mismo te lo escribo, y lo deletreo hasta derretirme ante tu sexo: O-S-Q-U-Í-T-A-R.

 

Seguramente todavía te acuerdas de que el Hermano Blaste María siempre nos decía que la fe podía mover montañas; yo nunca supe lo que era la fe, ni vi moverse a las montañas… Todo cambió la tarde en que no sé de dónde conseguiste un par de condones y me dijiste "vamos a hacerlo, ¿te atreves?". La fe eras tú, Óscar, ¡mi Dios Óscar!

 

Somos distintos, singulares: tú blanquiñoso, yo canela; tú soltero, yo casado; tú embajador, yo contador; tú adinerado, yo decadente; tú cultísimo, yo… nada, nada de nada… la nada que tuvo un todo, un todo tan indescifrable como ese exótico lunar que ornamenta tu ojo izquierdo.

 

Somos iguales, el uno para el otro: sensibles, rebeldes, furtivos, vegetarianos, ardientes, ateos, socialistas, Bouroncles y por sobre todas las cosas: MARICAS.
 

No quiero terminar esta carta de mierda sin contarte que hay días tan tristes como éste -con un verano que se muere de a poquitos, con una tarde que se escapa volando, con una foto de ambos en Máncora que acabo de hacer pedazos- en que no me aguanto: me pongo tan tonto, tan cojudo, que te voy a repetir el mismo rollo que escupo cuando nos distanciamos: quisiera creer en Dios, en el destino o aunque sea en el azar. Quiero creer en algo que cambie, ¡que nos cambie! Quisiera volver el tiempo atrás y hacerle caso al Hermano Blaste María: desearía no tener que contemplarte desnudo a hurtadillas, quisiera no necesitar de tus manos en mi pene ni de las mías en el tuyo. Hoy más que nunca renuncio a lo que siento por ti y a lo que tú, por años, hiciste en mi cuerpo.

 

Piénsalo, ahora que ya debes estar viviendo a cuerpo de rey en la Embajada de Madrid, piénsalo, por favor, y dime si estoy más desbrujulado que nunca: tal vez Dios sí existe y quiso esto para nosotros, él quiso atraparnos en este amor febril del que sólo tú y yo somos (y seremos) testigos… porque, descuida, jamás te mentí: papá no nos descubrió esa noche en la cochera, te lo juro por enésima vez. Él jamás se hubiera quedado callado, no era su estilo. Y harías bien si dejas de pensar en que él era como nosotros y que este mal "de mierda" que nos "azota" es genético… ¡bah, tamaña tontería, Óscar! Qué rabia me da cuando te avergüenzas de nuestra condición. Es un error, deberías hacer todo lo contrario. Nunca dudes de que somos el mejor resultado de la estirpe. Te lo digo con la seguridad de quien, si pudiera procrear, te pediría, no un hijo, sino todos los que tú quieras.
Hermano, basta de tantos desplantes. Tienes que entender que nuestra libertad debería estar por encima de todo (y de todos). No rechaces a tu sangre, no escapes de un cuerpo que siempre -y muy a tu pesar- será también el tuyo.

 

¡Te amo, te extraño, te deseo y sufro en una Lima tan gris como tu despedida!

 

Alcides B.
 
 
 
 

VOLVER A PRIMERA PLANA