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Boquita salá 28/03/07

¿Qué habría sido de Occidente sin los gays?.

En la librería Imago –ubicada al frente del Hotel Tequendama– encontré unos libros que importó la dueña de esta, y que tratan en su totalidad el tema de la homosexualidad, tanto masculina como femenina. Trajo títulos, creo que ya se acabaron o quedan muy pocos, que no se los puede encontrar en ninguna otra parte. Compré dos, dos de los que quedaron y que me llamaron la atención. Eso sí, volaron y eso que no eran del todo económicos.

Del tema que propone uno ellos quiero hablar hoy. Se trata del texto Los homosexuales al rescate de la civilización, de Cathy Crimmins, y editado por Egales, una empresa que no conocía y que parece ser española. La señora Crimmins, según la contracarátula, ha escrito 19 libros y ha recibido muchos premios. Bueno por ella, pero precisamente por esa información deduje que la obra era profunda, teórica. Sí, es una evaluación hecha con base en prejuicios, y no es la manera, pero son pocas las herramientas que tiene uno a la hora de decidirse por un título. Y hablando de ellos, el del libro mencionado fue tal vez la primera instancia que me sedujo a poseerlo pues dice que los homosexuales en cierta forma están al rescate de la civilización... ¿Será cierto? Y si fuera cierto, ¿por fin alguien hetero reconoce alguna virtud de los gays? (la autora aclara cualquier duda sobre su sexualidad desde los primeros párrafos del prólogo). De todas maneras a mí me sonó pretencioso el título, pero luego y al leerlo, ya no me lo pareció tanto, aunque si sucede lo contrario, que un libro lleve el título Heterosexuales al rescate de la civilización, francamente no lo compraría.

Pasando la página, por así decirlo, otra información que traía la contracarátula me atrajo con mayor intensidad: “¿Qué habría sido de Occidente sin los homosexuales? Entre nuestras (sic) filas no sólo se cuentan escritores, músicos, cineastas, pintores, chefs y actores que han hecho más divertidas (por no hablar de glamorosas) las vidas de todo el mundo, sino un ejército de expertos en gusto que desde Óscar Wilde han liderado tendencias a través de una visión hedonista de la vida”. Quién sabe quién escribió esta acomodada reseña porque no encontré ninguna firma que respaldara la anterior confesión. En fin, lo compré; lo hice más como un acto de fe que cualquier otra cosa, como suele pasar en la mayoría de los casos cuando se adquiere un libro, con más veras cuando este viene sellado. Sin embargo, me lo imaginé distinto: encontré que su contenido no era tan profundo como esperaba, pero casi siempre es divertido y casi siempre sé de quién habla su autora o de qué programa de televisión trata.

La señora Crimmins divide su escrito en tres partes fundamentales –referidos principalmente a la cultura gringa–: corazón, cuerpo y alma. Y a partir de cada tema, desarrolla otros subtemas, por ejemplo: en el libro primero o del corazón, entre otras cuestiones, trae una primera mirada de lo que la gente hetero piensa de la que no lo es (Lo sé cuando lo veo; intenta definir la cultura y se acerca desde una perspectiva teórica a la idea de civilización; también trata sobre el lenguaje, sobre la comunidad, sus rituales y hogar. Así, una segunda parte habla sobre cuestiones relacionadas más con el cuerpo: comida gay, moda y “culos y pollas” (Los heteros se van haciendo más anales). Y la tercera, obvio considera el alma: trata sobre cine y otras películas, concursos de televisión, música y teatro. El epílogo o final, es una reflexión que titula: Vivir en tiempos gays: todos somos homos.

Pero algo que es muy interesante para mí, es que este ejemplar trata de unos temas que ya se me habían pasado por la cabeza y de ahí este escrito. Mi primera asociación con el tema gay y su influencia en la cultura tiene que ver con los vestidos de baño, porque siempre tuve la sospecha, aunque ¿cómo constatarlo?, de que eran diseñadores homosexuales los que habían redescubierto el cuerpo masculino y querían que este quedara más revelado, más cercano a la desnudez. No sé, pero suena lógico ¿no? En el campo personal, cuando recuerdo los vestidos de baño que me he puesto a lo largo de mi vida, creo, coligo que la teoría no es muy loca, la teoría. Me acuerdo de unos que compré y que eran más cercanos a una pantaloneta, que además tenían como cualidad que cuando uno salía del agua la transparencia era total y cuando digo total, era total. Lo tengo muy presente porque no tuve la intención al adquirirlo de que eso pasara. No es una disculpa, de hecho lo compré de afán. Pero, pero, al primer piscinazo y al salir del agua... me encantó la compra que hice.

Qué formidables cambios ha sufrido esa prenda para vestir dentro del agua o cerca de ella tanto en el siglo pasado como en el presente. Hoy en día la escogencia de materiales y la relación de estos con el líquido elemento denotan incluso que la ciencia también tiene injerencia en su elaboración con su sexy estética incluida; basta con ver un campeonato de natación para entenderlo así. Es que entre lo que se ponía mi papá cuando joven y lo que me pongo hoy hay un gran trecho, pues se puede decir que el cuerpo masculino revela en la actualidad casi toda su dimensión. No sé, repito, intuyo que un dibujante, un diseñador, o varios en las empresas que hacen estas prendas, se propusieron resaltar el cuerpo masculino en una época en la que la única realidad de belleza que había para hacer prevalecer era la femenina. También entreveo que ese descubrimiento fue una pequeña cuota de una revolución soterrada, escondida, agazapada en otras formas del poder como lo son los campos de la creación y de la estética. Así se acuse que estos campos estén inmersos en lo que aparentemente es lo pueril, lo vano, el consumismo por el consumismo. Y sí, para mí este tipo de revoluciones, quietas, calladas, atípicas, son revoluciones al fin y al cabo. Otro tanto se puede decir de la influencia contestataria del rock en la moda o en las costumbres.

Y pasando a otro tema, reproduzco una frase del columnista gringo que habla sobre sexo, Dan Savage, y que trae dicho libro en el capítulo que refiere al mismo: “Los gays saben más sobre sexo que los heteros, tienen más relaciones sexuales y lo hacen mejor que los heteros”. ¿Cómo se hace este cálculo y cómo lograr su veracidad? Imposible. Sin embargo, es viable que dadas las circunstancias de proximidad sexual sin complicaciones entre gays –se puede tener sexo en un vestidor de un almacén o en un bus de TransMilenio o en cualquier parte con un perfecto desconocido y ante ojos que a la postre resultan cándidos porque no leen lo que pasa– sí se tenga más experiencia y se pueda hablar y conocer con mayor profundidad y capacidad de penetración del tema. Los gays se han interesado en conocer sobre su sexualidad y de ahí que los libros que llegan y que tratan sobre esto se agoten a pesar de los precios. El sida también ha hecho que se busquen formas más seguras –nunca lo suficiente– para disfrutar el goce y los coitos. Basta con mirar el cine porno que pasan en los canales especializados que alquilan algunas prestadoras de televisión por suscripción. Por la razón que sea parece que es mucho más cercano a la idea de sexualidad (y hasta de ternura) un porno homosexual (los presentan los martes en la medianoche) que uno hetero. Entre otras porque son más explícitos y de contera no tienen tanto maquillaje. Sin fundamentalismos. Además y por ejemplo, en Bogotá los cuartos oscuros eran casi de exclusividad, si no total, de los cines porno gays. Hoy en día es factible encontrar sitios similares en las llamadas fiestas rave, en las cuales es posible que un joven tenga sexo al mismo tiempo con una mujer y con un hombre. Otro tanto sucede con los intercambios de pareja y con las fiestas de espuma, sexo en vivo y tantas otras expresiones de la libertad sexual. Repito, no son de exclusividad de un grupo, pero si existió la probabilidad de encuentros parecidos entre heteros, estos eran más discretos, supongo que más caros y mucho menos conocidos.

Mencioné algo referente a la moda, los vestidos de baño, y el sexo. Sobre el primer tema, claro que es posible extenderse aún más y hablar por ejemplo de los pantalones rotos, del pelo a colores, de los jeans, de la estética vaquero, etc.,etc., etc. Y sobre el segundo también se puede hablar mucho más largo. De todas formas habría que pensar en la influencia ejercida por los grupos gays en decoración, cine, gastronomía, arquitectura, pintura, literatura y tantos y tantos ítems que alargarían demasiado el presente escrito, por eso mejor parar aquí a seguir enumerando esas influencias que son contestatarias, como lo dije, a pesar de que estén inscritas en un sistema de producción orgiástico y despiadado. En eso se equivocó Marcuse cuando dijo en su bella utopía que el futuro de los pueblos, o de sus gobiernos, estaría en los grupos que en algún momento fueron marginados. Y para cerrar traigo a mención un fragmento del epílogo que dice: “Los gays cada vez están más asimilados por la cultura de masas y en consecuencia han llegado al punto en que lo que los distingue como grupo quedará amenazado por la desaparición. Si no tienen cuidado, podrían convertirse en aburridos, como los heteros”. Eso me temo y si esto es así, queda la esperanza de que seamos todos, sin distingos, los que logremos ser por encima de cualquier convención, sin miedos; ser y ante todo ser.
 

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