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Un año de normalidad
 

Por Eliván Martínez Mercado



Fueron los primeros homosexuales casados en España, pero un año después hay más de 4,500 parejas gay unidas en matrimonio en una  lucha por la normalidad y los derechos civiles que está siendo ganada  en este país

Salieron por la puerta del Ayuntamiento de Tres Cantos y llovió arroz.

Aquella boda del 11 de julio de 2005, a 21 kilómetros de Madrid, era tan importante que fue transmitida por la radio. Formaban una pareja de siempre, de esas que se juran amor eterno, con la única diferencia de que eran dos hombres. Un aluvión de gente les acompañaba ese día para celebrar la primera boda de homosexuales en España.

El estadounidense Carlos Baturín y el español Emilio Menéndez marcaban así la historia reciente del país. Un año después de ese acontecimiento, los esposos consideran que su unión legal ha sido un bálsamo de aceptación social que cura las heridas de la represión en
su contra. Habían esperado 30 años largos años para ese momento.

Muchos les califican de héroes, pero Carlos y Emilio nunca tuvieron el afán de ser famosos. En realidad, nunca planificaron ser los primeros en casarse.

El gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero había aprobado una semana antes una ley única en el mundo que reconoce a los homosexuales todos los derechos que tienen las parejas heterosexuales, lo que incluye la posibilidad de adoptar hijos.

Como los novios tenían los papeles organizados, les tocó el turno de suerte. Una funcionaria del Ayuntamiento les llamó para darle la noticia, advirtiéndoles de que la ceremonia iba a ser de dominio público, por su significado histórico, aunque tenían la opción de celebrarla a puertas cerradas.

"Yo dije que íbamos a dar la cara. Nunca nos hemos avergonzado de lo que somos", recuerda Emilio Menéndez (Asturias, 1954).

Sentían incertidumbre de cómo iba a reaccionar la sociedad. Como no querían exhibirse demasiado, se besaron en privado minutos antes de la ceremonia en un ascensor, camino a la sala del Ayuntamiento. Un concejal del partido Izquierda Unida los declaró "unidos en matrimonio" frente a las cámaras de periodistas y una veintena de invitados. Sólo entonces se dieron un abrazo fuerte, y salieron al encuentro de las personas que nunca habían visto y celebraban fuera del edificio.

En una de las fotos que publicó la prensa, Emilio aparece con una sonrisa amplia saludando al público, mientras tomaba de la mano a un Carlos que parecía un gato azorado al que acaban de echar un cubo de agua.

"No podía pensar nada. Yo estaba en trance. No podía hablar. Por eso casi no me acuerdo mucho de ese momento", confiesa Carlos Baturín (Nueva York, 1946). "Sólo sé que fue el día más feliz de mi vida. Pensar que casi todo el mundo estaba compartiendo ese momento con nosotros me hace sentir muy bien. Me gustaría que todos los que quieran casarse lo consigan. A mí me gustaría que en Puerto Rico los gays puedan lograrlo. Y lo mejor es que no le hacemos daño a nadie".

La gran satisfacción fue la buena índole con la que fueron aceptados tras las celebraciones, a pesar de la oposición de la Iglesia Católica y el ala más conservadora del opositor Partido Popular, que mantiene un recurso ante el Tribunal Constitucional contra este tipo de matrimonio.

Incluso el Colegio Oficial de Médicos de Madrid, que suele otorgar regalías a los miembros que contraen nupcias, regaló a Carlos un cheque de 150 euros ($192). La gente los saluda en la calle cuando les reconocen. "Todo el mundo se comportó civilizadamente", cuenta Emilio. "Como si este tipo de cosas hubiese pasado toda la vida. Yo creo que fue normal porque nosotros somos muy normales", añade su esposo.

¿Y qué representa ser normales? Visitan juntos galerías de arte. Pasean por el vecindario de Chueca, el de mayor población gay en Madrid. Van al gimnasio a levantar pesas y practicar tai chi. Y cenan en el hogar en compañía de su gato Tito.

Emilio es escaparatista en una sucursal de El Corte Inglés, la famosa tienda por departamentos española. Carlos trabaja como psiquiatra voluntario en una fundación que procura el trato digno de los homosexuales. "Luego venimos a casa y tenemos una vida muy
tradicional", dice Emilio. "No digas que somos tradicionales.. Somos normales, pero no tradicionales", le contradice Carlos. No quiere que les consideren ancianos que llegan a tejer a casa.

Desde que se casaron se han convertido en una suerte de personalidades que dedican tiempo a hablar con la prensa. Saben que están transmitiendo un mensaje importante.

"Hay que comenzar rompiendo los estereotipos de que somos los típicos mariquitas afeminados y débiles. Que aprendan de una p... vez que dos hombres que viven juntos son hombres", insiste Emilio.

"Queremos que los homosexuales se sientan cómodos con su sexualidad, que sepan que no son sucios ni perversos. Es sólo otro estilo de vida", añade el psiquiatra.

Ambos coinciden en que este año ha sido importante para los derechos de los homosexuales. Más de 4,500 personas del mismo sexo casadas. Nada más y nada menos que el juez Fernando Grande-Marlaska, perseguidor de los terroristas de ETA, ha dicho abiertamente que contrajo matrimonio con un hombre. Y el alcalde de Madrid, del Partido Popular, acaba de oficiar la boda de dos políticos de esa organización. La misma cuyos dirigentes impugnan el matrimonio gay.

La gravedad del asunto: todavía hay radicales que están dispuestos a hacer cualquier cosa contra los homosexuales. El 22 de julio pasado, una pandilla propinó una grave paliza a dos hombres que se daban un beso en público en una piscina en Madrid. Carlos y Emilio saben que queda mucho trabajo por hacer.

Desgranan el paso del tiempo recordando cómo nació su amor. Como el de casi todos los homosexuales, contrariado por quienes atentan contra las libertades individuales.

Era 15 de febrero de 1975 en Madrid, ocho meses antes de la muerte del dictador Francisco Franco, cuando ser homosexual representaba "una aberración" que se pagaba con la cárcel. Carlos se había convertido en un hombre de 28 años que acababa de terminar la carrera en psiquiatría. Emilio, un chico de 20 que estudiaba veterinaria, entró a una cafetería del barrio madrileño de Malasaña.. Sólo necesitó un instante para querer que aquél rubio de ojos azules fuera su enamorado. Y Carlos le siguió la corriente hablándole con su acento de gringo.

Cuando la madre de Emilio se enteró de sus andanzas, le rezaba al Cristo de Medinacelli para que dejara ese estilo de vida.

Paradójicamente, era el padre quien le hacía entender a ella que la homosexualidad siempre había existido. Convencida de que todo sucede porque Dios lo quiere, entendió que la relación de su hijo con el extranjero se debía a la voluntad del Señor.

Por eso 30 años después, tras recibir la noticia de la boda, decidió acompañar a su hijo y el novio a ser felices mientras entraban en la historia cumpliendo un gesto en favor de los homosexuales. "Le doy gracias a Dios por dejarme ver este día", dijo, y les regaló un pasaje en crucero por el Mar Báltico para su luna de miel.

Ahora le reza al Cristo de Medinacelli por el bienestar de la pareja.

http://www.endi.com/XStatic/endi/template/nota..aspx?n=62157  

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