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lectura recomendada El libro prohibido del cristianismo : Un detallado recuento de los crímenes de la Iglesiapor ANDRES REYNALDO para El Nuevo Herald |
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Publicado en el primer año de este milenio, para escándalo de la curia en Roma, El libro prohibido del cristianismo vino a refrescar la memoria de una Iglesia que ya ha pedido perdón por sus crímenes pero que aún no ha hecho su detallado recuento. Escrita a tres voces por Jacopo Fo (hijo del dramaturgo y Nobel de 1997, Darío Fo), Sergio Tomat y Laura Malucelli, la obra ha sido editada en español por Lectorum, de México, en traducción de Guadalupe Saloni. Más que eruditos, los autores son provocadores que se declaran dominados por la pasión de investigar la estupidez. El lenguaje, que desciende en algunos pasajes a un estrato demasiado coloquial, tiene la virtud de aligerar la exposición de cientos de hechos, en su mayoría desconocidos o sólo accesibles a la curiosidad y comprensión de contados especialistas. A partir del 313, cuando el Edicto de Milán decreta el fin de la persecución de los cristianos en el imperio romano, los autores amasan un caudal de información sobre masacres, traiciones, procesos por herejía y guerras que nos muestran el tortuoso y bifurcado camino de la institución matriz de Occidente hacia la redención y el poder. Con el espantoso sacrificio, no pocas veces hasta nuestros días, de los redentores en aras de los poderosos. Aún así, dicen los autores, su objetivo es contribuir a distinguir entre una cristiandad que siempre ha tomado partido por los oprimidos y la Roma constituida en uno de los grandes y menos benévolos factores de dominio de la historia universal. Por eso, agregan, dedican el libro a todos los cristianos y hombres de buena voluntad, independientemente de su credo; incluidos los ateos, quienes ``precisamente por no ser creyentes, tienen la obligación moral de poseer un profundo sentido religioso de la vida''. Uno de los capítulos acaso menos conocido por los cristianos de hoy, en particular los católicos, atañe a la prohibición de tener y estudiar la Biblia en tiempos medievales. Desde el Concilio de Tolosa, que instituyó la Inquisición en 1229 sobre los ríos de sangre de decenas de miles de cátaros exterminados en nombre de la cruz, se prohibió a los laicos la posesión y lectura del Evangelio. Su traducción a la lengua vulgar acarreaba una muerte tan inmediata como horrible. La gama de torturas supera, en algunos casos, la barbarie de los totalitarismos europeos del siglo XX, con los procedimientos más vejatorios dedicados a las mujeres. En fecha tan moderna como 1816, una bula del papa Pío VII dirá: ``[. . .] Las asociaciones formadas en la mayor parte de Europa para traducir en lengua vulgar y expandir la ley de Dios, me causan horror [. . .] Hay que destruir esa peste con todos los medios posibles''. De mayor vigencia para nosotros son las notas correspondientes a la homosexualidad y el celibato. El cristianismo hereda del judaísmo una homofobia visceral, constituida en el desprecio a las mujeres. De ahí que el papel pasivo en el acto homosexual será considerado más pecaminoso. (Ante los casos de homosexualidad femenina, la respuesta será doblemente brutal). Todavía entre los judíos ortodoxos se emplean a diario oraciones que agradecen a Dios por no haber nacido mujer. La desexualización de los religiosos es un atentado a su humanidad, incompatible con la prédica de Cristo, no digamos ya con una sociedad moderna. Los capítulos concernientes a las cruzadas contienen valiosos elementos para comprender las tendencias antioccidentales en el Islam. También, sobre un tapiz de 2,000 años de iniquidades, quedan bordados en carne viva los tormentos infligidos al pueblo hebreo: el desarrollo de una militante cultura antisemita a lo largo y ancho de Europa que desembocaría en el Holocausto. En la torcida mente de los hombres que concibieron Auswitch y las cámaras de gas anidaban muchas ideas nutridas durante siglos por el catolicismo. Para el católico culto, profundamente comprometido con el mensaje liberador de Cristo, este libro será un notable instrumento de reflexión. Sin anticlericalismos trasnochados ni guiños catastrofistas, los autores han avanzado en una empresa que la Iglesia dirime con voluntad suicida: la puesta en claro, frente a la historia, de sus terribles excesos. San Agustín vio un signo de inequívoco favor divino en el hecho de que la fe católica no hubiera podido ser destruida por sus papas y obispos. ''Nada prevalece, excepto la verdad'', dijo. ``Y la victoria de la verdad es amor''.• http://www.elnuevoherald.com/151/story/131047.html |