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Yo sí que estoy
furiosa. Y la furia puede que me impida hablar de la iglesia desde
la razón. En todo caso, contra su furia irracional, la nuestra
racional. Pero lo cierto es que en muchas ocasiones entramos en
discusiones completamente irracionales. De dios no se puede
discutir porque no existe. De lo que se puede discutir es de las
consecuencias que dicha creencia tiene. Consecuencias políticas y
sociales. Así que, finalmente, el hecho de que mucha gente crea en
dioses nos incumbe a todos.
Y la mayoría de
los que estamos aquí somos ateos, activistas sociales o políticos,
que estamos convencidos de que la necesidad de luchar por un estado
laico. Esta lucha sigue siendo necesaria a pesar también de que es
irracional porque un estado democrático no puede ser otra cosa que
laico. Ya es una concesión hablar de libertad religiosa en un estado
democrático y de derecho; es redundante, faltaría más. La libertad
religiosa está garantizada en la libertad de conciencia, de
asociación, de expresión, de reunión… la libertad religiosa está
garantizada por la libertad. La libertad religiosa debería ser como
la libertad para afiliarse a cualquier otra asociación con vocación
de hacer proselitismo.
El problema es que
el proselitismo que puede hacer una asociación está siempre en
dependencia directa de los valores de los que se proponga ser
prosélita. Si dichos valores son antidemocráticos, sexistas,
homófobos, discriminadores, contrarios a la libertad… en ese caso
dichos valores no deberían poder enseñarse en ningún espacio
público, cuánto menos en una escuela. Hay que atreverse a decir que
hay valores sobre los que la sociedad ha alcanzado consensos
democráticos y que no deberían poder enseñarse en ninguna escuela.
Que la mujer es más apropiada para cuidar a los niños que los
hombres o que la heterosexualidad es superior a la homosexualidad,
tiene derecho a creerlo cualquiera, e incluso a expresarlo,
escribirlo, defenderlo, sí, pero no a enseñarlo a los niños y niñas.
Y sí, puede que no
se deba enseñar ateismo, pero de la misma manera que en un sistema
democrático se debe enseñar lo que significaron el nazismo o el
estalinismo, no hay ninguna razón para no enseñar lo que ha hecho y
dicho la iglesia a lo largo de la historia. Ni razón alguna para
obviar que sus valores son contrarios a la igualdad, la libertad y
la felicidad.
Y sin embargo, aún
no nos atrevemos a discutir que la iglesia católica tenga derecho a
enseñar estas cosas en sus
escuelas, que encima pagamos todos. A la iglesia católica
(que es la que nos toca) le hemos perdido la fe, pero no hemos
aprendido a perderle el respeto. Y desde la furia quiero que
aprendamos a perderle el respeto. La iglesia católica dispone de un
excedente de respeto que parece no terminarse nunca. ¿Qué más tiene
que hacer para que le perdamos el respeto? Quizá no existe otra
organización que siga funcionando que haya traído, que siga
trayendo, tantos crímenes, tanta injusticia, tanta infelicidad. Las
iglesias matan. La iglesia católica mata cuando se opone al uso del
condón en países que luego no pueden pagar las medicinas contra el
sida. No hay en el mundo una organización con tantas condenas firmes
por pederastia y abuso infantil. Y es curioso que la pederastia, que
es fundamentalmente heterosexual, en el caso de la iglesia, en
cambio, sea fundamentalmente homosexual. Pero, eso sí, sus condenas
contra los homosexuales recorren el mundo haciendo que en muchos
países la vida sea invivible para éstos. Estamos hablando de
Latinoamérica, donde las iglesias atacan y condenan la
homosexualidad legitimando a los paramilitares y escuadrones de la
muerte que matan a tres homosexuales al mes en Brasil, por ejemplo.
Hablo de la iglesia que ha apoyado toda clase de regímenes asesinos
en Latinoamérica, en España. Hablo de la iglesia que prefiere una
niña de 9 años muerta o madre a que aborte. Hablo de la iglesia que
pretende (si la dejáramos) condenar a todas las mujeres a vidas
invivibles y a todos y todas a la infelicidad. Y aun le tenemos
respeto.
Como mucho,
respeto su libertad personal de creer en dioses inexistentes, pero
entra dentro de mi libertad no respetarles. No les respeto. Les
combato. Y con la máxima beligerancia.
Todos hemos
conocido a católicos que son gente inteligente y solidaria. Pero
para mí esto es un misterio. Forma parte de la complejidad de la
naturaleza humana que personas inteligentes crean un absurdo, que
personas de izquierdas se empeñen en pertenecer a una organización
de derechas, que personas que luchan por la justicia se empeñen en
estar dentro de una organización que apoya todas las injusticias;
que estas personas estén dentro de una organización que les querría
fuera. Estoy cansada de tener siempre que distinguir, hilando muy
fino entre la iglesia y los fieles, entre la jerarquía y la otra
iglesia. Respeto la libertad de las personas, pero quiero decir que
la iglesia es lo que es y tiene voluntad de serlo casi desde su
fundación, y de seguir siéndolo. La iglesia es una enorme estructura
con una enorme y no cuestionada influencia educativa, económica,
mediática, que trabaja contra los derechos individuales conseguidos
tras muchos sacrificios. No es posible oponerse a esa estructura con
paños calientes y con cuidado en no herir a los creyentes. Los
creyentes nos hieren a nosotros y muchos de los creyentes del mundo
querrían vernos muertos. No quiero tener que comenzar mis charlas
sobre la iglesia distinguiendo con mucho cuidado entre ésta y el
fundamentalismo. La iglesia católica ha sido fundamentalista
mientras ha podido, y tiene voluntad de serlo, y lo es dónde puede.
Todas las iglesias tienen esa voluntad.
Y en el futuro
puede ser más grave. La injusticia global en la que estamos cada vez
más inmersos, sometidos a fuerzas que no comprendemos, sin culpables
que han desaparecido en superestructuras imposibles de controlar… es
evidente que un subproducto de todo esto será el fanatismo
religioso, el más irracional, el más difícil de combatir, y que se
va a manifestar de muchas maneras. La gente cree, cada vez más, en
todo tipo de cosas, en religiones sin dios, en dioses sin religión,
en el destino, en la suerte, en las plantas, en los posos de te, en
los astros… Y no podemos confundir, desde la izquierda, la necesidad
de la aconfesionalidad del estado con la reivindicación de la
pluriconfesionalidad.
Como dice Bauman,
si la fe en el progreso en un momento dado fue una manifestación de
optimismo en el futuro, ahora el progreso da miedo porque la
globalización y la injusticia globalizada frente a la que nos hemos
quedado sin respuesta auguran un crecimiento del pensamiento
irracional en todo el mundo.
La creencia en
dios sirve para construir un sentido. Nos dijeron que si dios moría
el ser humano no podría vivir sin sentido. Pues sí se puede; los
ateos podemos y no somos ni más felices ni más desgraciados que los
creyentes. Por el contrario, quizá sea la certeza de que la
trascendencia no existe lo que nos permita contemplar de verdad y
con el necesario horror los millones de vidas eliminadas, borradas,
vidas sufrientes, explotadas para el bienestar de otros. Sólo desde
el abismo del absurdo, de la negación de cualquier significación,
uno/a puede entender que el único atisbo de sentido es luchar para
que cada vida disponga de las mismas oportunidades para encontrar,
si no una razón, al menos sí sus momentos de goce y de felicidad. |