Deseosa de sacudirse el legado soviético y de plegarse a los estándares de la UE, Lituania se esfuerza por integrar a sus minorías. También las sexuales. Prensa, Iglesia y opinión pública arrastran los zapatos.
Al fondo de un patio trasero
sombrío y lúgubre, un tubo de neón brilla
débilmente en el segundo piso de un inmueble.
“Aquí es.” Eduardo Platovas señala con el dedo
la ventana. Ni placa, ni signo aparente
distinguen éste apartamento de los demás.
Anonimato garantizado en hormigón armado.
Una vez al mes, los miembros de la comunidad
homosexual de Vilnius, y de todo el país, se
encuentran aquí, en la sede de la Lithuanian Gay
league (LGL), para discutir de sus problemas con
toda discreción. Los muros están pintados de
amarillo chillón y hay algunos ordenadores
diseminados por la sala. Esta noche, una
quincena de personas asisten a una conferencia
sobre homofobia, impartida por un profesor de la
universidad Vytautas Magnus de Kaunas. Algunas
imágenes desfilan sobre una pantalla, al ritmo
del tic-tac incesante de un reloj. Encima de la
chimenea encontramos la bandera multicolor del
orgullo gay.
“En Lituania, los homosexuales tienen la
costumbre de callar”, suelta Virginija, de 25
años, una de las asistentes al debate. “No hay
sentimiento de pertenencia a una comunidad,
porque nadie cree que la situación pueda
cambiar”.
¿La situación? En éste pequeño Estado báltico,
los gays siguen siendo una minoría invisible
expuesta a las discriminaciones. Según una
encuesta de la LGL con fecha de 2003, el 68% de
los lituanos preferiría tener a un vecino
camello antes que a un homosexual. Entre estos
últimos, dos tercios temen desvelar su
orientación sexual a su familia, y el 89% se
muestra espantado ante la idea de que su jefe
descubra sus preferencias.
Vivir escondido
Por lo que parece, el comunismo ha dejado su
huella: en tiempos de Stalin, el sexo “no
existía” y las relaciones entre personas del
mismo género estaban castigadas como delito.
Desde 1993, bajo la presión de Bruselas,
Lituania flexibilizó su legislación. El gobierno
muestra ahora su voluntad de combatir las
discriminaciones. Un programa nacional de
protección de las minorías fue puesto en marcha
en 2003, y un mediador para la igualdad de
oportunidades ha sido nombrado. La UE acaba de
otorgar una partida de 150.000 euros para una
serie de proyectos bautizados “Equal”, cuyo
objetivo es integrar a las minorías en 2007.
¿Cuestión de tener buena conciencia?
“Claro está, los homosexuales no son
maltratados, agredidos o arrastrados por las
calles”, admite Mindaugas, el consejero legal de
la asociación “Tolerant Youth Association” (TYA).
“Sin embargo, las leyes que tienen por objeto
proteger a las minorías sexuales no se aplican.”
Es difícil, en efecto, lograr que se respeten
unas medidas adoptadas en los trastornos de la
post-transición y en contra de la opinión
pública del momento.
“Nuestros políticos no se han atrevido a decir
nada sobre la homosexualidad para no comprometer
el proceso de integración europea”, añade
Vladimir Simonko, uno de los fundadores de la
LGL. “Pero una vez dentro del club, ya nadie
duda en predicar un retorno a los valores
tradicionales.” Según un sondeo publicado hace
poco por el diario Reppublika, 100
diputados de los 140 de la Seimas, consideran la
homosexualidad como una perversión. “¿Tolerar la
homosexualidad? ¿Y por qué no aceptar la
zoofilia también?”, habría llegado a declarar el
parlamentario conservador Kazys Bobelis.
“Capones” y conservadores
A pesar de ello, Lituania no es el único país
confrontado a un discurso retrógrado por parte
de las autoridades. Entre las salidas de tono
homófobas de los hermanos Kazcinsky en Varsovia,
y los disturbios causados durante la Love Parade
letona en el verano de 2006, cuando activistas
de extrema derecha lanzaron huevos y excrementos
sobre los manifestantes, los gays de las riberas
del Báltico están lejos de ver la vida de color
de rosa.
Para empeorar las cosas, la prensa local,
compuesta principalmente por tabloides,
multiplica las alusiones homófobas y los
insultos escandalosos. Así, “capón” [vištgaidis]
es el apodo abiertamente empleado desde las
páginas del diario Vakaro zinios para designar a
los homosexuales.
En cuanto a la Iglesia, con su aureola de
“resistente” durante la era soviética, ve cómo
su influencia se acrecienta sobre la clase
política y sobre una población católica al 80%,
en detrimento de cierta tolerancia. “Existe
también en Lituania una especie de parálisis
cultural”, reconoce el sociólogo Arnoldas
Zdanevicius. “Los gays no logran salir del
armario. Ninguna personalidad de primera plana
ha dado nunca ejemplo, admitiendo en público su
homosexualidad.” Apenas uno de los
diseñadores más conocidos del país acaba de
atreverse a mencionar en una entrevista una
“orientación sexual cósmica”.
Gay de fin de semana
¿No estaríamos ante una falta de implicación por
parte de la propia comunidad gay? “Tengo la
impresión de que la mayoría de los homosexuales
sólo quiere irse de fiesta”, retoma serenamente
Virginija. “Ni hablar de un compromiso
ideológico.” Porque en un país “tan
provinciano”, todo se sabe muy rápido, demasiado
rápido.
En la “Men’s factory”, el club gay abierto desde
hace dos años en Vilnius por el ruso Alekseï
Terenteï, los falos de cartón piedra brotan de
las esquinas, los cuartos oscuros florecen y una
ducha emana del centro de la pista de baile.
¿Cuál es la tarifa para divertirse a lo grande
en esta fábrica de armas reconvertida en sala de
fiestas? 40 litas [o sea, 20 euros]. Un precio
caro que no impide la afluencia de unos 500
aficionados cada fin de semana, sin contar con
las apariciones de famosetes rusos que “adoran
el lugar”, según el propietario.
Rubio oxigenado de musculatura prominente,
Terenteï se enorgullece de ser “el único
homosexual oficial en Lituania”, antes de
precisar “haber luchado sin descanso contra
las instituciones o la policía” para afirmar
su identidad. A su juicio, un garito como la
“Men’s factory” hace más por la causa gay que
todas las instituciones antidiscriminación del
país. “Las asociaciones obtienen subvenciones,
pero ¿dónde está el resultado tangible de su
acción?”, lanza con una pizca de provocación.
Campañas de sensibilización, seminarios o
debates son ciertamente organizados por la
Lithuanian Gay League. Incluso la conferencia
anual de la Asociación Internacional de los Gays
y Lesbianas (ILGA) tendrá lugar en octubre de
2007 en Vilnius. A pesar de ello, los
homosexuales lituanos siguen rechazando el
movilizarse de forma demasiado ruidosa o el ser
un “kamikaze”. Traducción: salir del armario.
“Hay una atomización de la comunidad gay y
demasiadas divergencias entre los principales
grupos de defensa de las minorías sexuales”,
apunta Mindaugas. Como consecuencia, sus
intereses están mal o poco representados. “Hace
más de diez años que tratamos de defender los
derechos de los gays y los cambios apenas se
perciben: tal vez éramos demasiado idealistas”,
se justifica suspirando Platovas, presidente de
la LGL. “Las generaciones jóvenes no se
interesan por los Derechos Humanos sino por el
negocio.”
Tomado de :
http://www.cafebabel.com/es/article.asp?T=T&Id=10442



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