El mayo francés del que
ahora se cumplen cuarenta años, en medio de celebraciones,
recuerdos, exposiciones y debates –en los que nadie se pone de
acuerdo–, fue sobre todo una revolución que cambió las
costumbres. De alguna manera, el orden social antiguo, caduco y
encorsetado en viejas y obsoletas formas de otros tiempos, se
quebró para siempre. La jerarquización del mundo cambió, los
valores morales se tambalearon y se esfumaron, como pompas de
jabón, prejuicios, reglas y maneras heredados de la sociedad
liberal del siglo XIX que las dos guerras mundiales habían
acabado por estratificar en forma de ideologías fascistas o
comunistas. La división del mundo en dos grandes bloques al
final de la segunda gran guerra no hizo más que agudizar la
agonía de la sociedad antigua, cuyo diseño seguía vigente, si
bien su contenido se había quedado vacío. Por eso la revolución
del mayo del 68 fue sobre todo una revolución social que, entre
otras cosas, consagró la liberación sexual que ya se había
estado gestando desde el principio de la década, dio nuevos
aires al feminismo emergente, al pacifismo –que había generado
la terrible guerra del Vietnam– y al hippismo. Y, por supuesto,
impulsó de manera notable los movimientos de liberación
homosexual que estaban enunciados desde los primeros años del
siglo XX y que habían sufrido un feroz varapalo con los
movimientos fascistas de los años 30, con la atroz represión del
nazismo y con la repulsa que el comunismo había manifestado
hacia los homosexuales desde sus inicios.
Los primeros movimientos
de liberación homosexual nacieron en Alemania y Gran Bretaña a
finales del siglo XIX. Existió en Berlín un periódico dirigido a
los homosexuales, se hablaba ya de igualdad de derechos y se
fundó el Comité Humanitario Científico, que tenía como objeto la
emancipación de los homosexuales. Pero todos esos movimientos, y
los que se hicieron en los primeros años del siglo XX, fueron
movimientos elitistas y –de alguna manera– clasistas, de origen
pequeño burgués. El fascismo acabó con sus reivindicaciones de
forma violenta. Y solo después de la segunda guerra mundial, en
una mayoría de países desarrollados, comenzó la segunda época de
estos movimientos, que frente a los prejuicios stalinistas, el
silencio cómplice de los socialdemócratas y el olvido de los
revolucionarios, comienza a convertirse en un movimiento
interclasista, integrado en la lucha obrera y en las
reivindicaciones de las desigualdades sociales de todo tipo. Y
aunque a lo largo de toda la década de los sesenta las
organizaciones y los movimientos van tomando presencia social,
lo que verdaderamente le da un espaldarazo, como a tantas otras
luchas, es la revolución del mayo francés de 1968.
Tal vez no se ha
profundizado lo suficiente en lo que significó la revolución del
mayo del 68 francés con relación al desarrollo de los
movimientos de liberación homosexual, pero ya en aquellos días
violentos y verdaderamente revolucionarios, existió un efímero
Comité de acción pederástica revolucionaria, creado en la
Universidad de La Sorbona, durante su ocupación. Aquello, sin
embargo, fue el origen del primer Front Homosexual d’Action
Revolutionaire, fundado en febrero de 1971 por un pequeño
grupo de lesbianas y gays en París. Solo a partir de la gran
manifestación de mayo del mismo año, el movimiento se extendió a
otras provincias.
Ya existía, desde 1969
un movimiento parecido en Gran Bretaña, y fue ese mismo año
cuando, el 25 de junio, se produce el acontecimiento que daría
espaldarazo universal a los movimientos de liberación
homosexual: la revuelta de Stonewall. Durante los dos días que
duraron los enfrentamientos de los gays con la policía, en la
calle Christopher y en el resto del barrio gay de Nueva York, la
conciencia de la lucha de los homosexuales contra toda
discriminación social, legal y política prendió definitivamente
en la conciencia universal. Pero no cabe duda de que el germen
había sido fecundado aquellos días de mayo del 68 en que los
eslóganes más revolucionarios y los nuevos conceptos sociales
ocuparon calles y plazas y se escribieron en todos los muros,
desde Nanterre y su fría arquitectura racionalista hasta las
antiguas calles del Barrio Latino.
Por mucho que hoy
Sarkozy y los suyos (que son más de los que creemos) intenten
minimizar el mayo francés, por mucho que la historia lo haya ido
reduciendo a una nueva –a otra– revolución efímera y frustrada
(solo hay que echar un vistazo al mundo actual), el mayo del 68
significó un cambio radical en muchos conceptos sociales y, de
forma muy especial, en la consideración de la libertad sexual de
los individuos.