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| Acallemos con besos el ruido de su odio
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En los últimos días me puse a pensar mucho respecto del amor y el odio, dos sentimientos que todos conocemos de una u otra manera. ¿La razón? Haber asistido a la quinta edición de “El Amor No Discrimina” y haber visto una película titulada “FAQs” (Preguntas Frecuentes). El amor toma diversas apariencias, algunas más elocuentes que otras, llegando incluso a tomar formas en las que el dolor o el sufrimiento se combinan con el placer en una indescriptible amalgama. Y me refiero al amor llamémosle de pareja, ese que combina deseo sexual, romance y rutina y que une a dos (o quizás más) personas que eran extrañas entre si hasta ese momento, no al amor familiar, ese que se da de padres a hijos, entre hermanos o entre dos personas que tienen lazos en los que no interviene el deseo sexual. El odio toma también distintas formas y se presenta con distintos rostros. Como el amor, suele ser irracional y suele basarse en el temor hacia lo distinto, hacia lo desconocido, hacia todo aquello que amenaza (o creemos que amenaza) nuestro status quo, el “orden” de las cosas que nos hace sentir “seguros”: El odio hacia los homosexuales cada vez se fundamenta menos en el temor a lo distinto y desconocido por que la homosexualidad y los homosexuales ya no son algo oculto sino un tema que aparece en los diarios y que tiene rostros cada vez más visibles. El odio hacia los homosexuales se basa en estos días en el sentimiento de “amenaza” que crece en los corazones de quienes creen (por motivos religiosos, culturales políticos, etc.) que la homosexualidad, y más aún la aceptación social y el reconocimiento legal de las relaciones homosexuales (unión civil, matrimonio), van a destruir “su mundo”, es decir el orden de las cosas que conocen y que, esta construido para asegurarles la supremacía social. Por esta razón, el odio hacia los homosexuales suele ser más fuerte en los hombres que en las mujeres. Los gays rompemos los rígidos moldes de la masculinidad machista, las lesbianas ponen en entredicho la supremacía patriarcal al no “necesitar” de un macho para realizarse, destruyendo los cimientos del sistema de género, que coloca al hombre heterosexual en la cima del poder. Pero ¿cómo es que los gays somos una amenaza?. Al no basar nuestro “prestigio social” en el dominio de las mujeres, al rechazar participar de una sexualidad reproductiva, al aceptar ser penetrados, es decir “feminizados” (lo que equivale a “devaluarnos” voluntariamente en la perspectiva machista, de una manera más simbólica que física) hacemos temblar el edificio de la masculinidad homofóbica dominante. Y al querernos casar o formalizar nuestras uniones y dar origen a tipos de familia no patriarcales producimos el efecto de un misil lanzado sobre el machismo. En una de las escenas de la película que comentaba al principio, uno de los personajes gay le dice a su pareja que dos chicos besándose son como una bomba que cae sobre los homofóbicos y trata de convencerlo de que vivir siendo ellos mismos y sin preocuparse demasiado de lo que “ellos” quieran imponer es la mejor manera de combatir la violencia homofóbica. No podemos pelear usando sus mismas armas (el odio y la violencia) sino las nuestras. Nuestros besos hacen más ruido que las bombas, le dice. Yo lo diría de otra manera aunque en el mismo sentido, yo diría que callemos con besos el ruido de su odio. Y es eso mismo, eso lo que debió ocurrir y no pasó el 14 de febrero en el Parque del Amor. Nuestra misión como activistas debe ser convencer a todos los gays, a todas las lesbianas del poder que tenemos en nuestras manos, del enorme poder que tiene nuestro amor para transformar el mundo. JORDI |